martes, 17 de abril de 2012

Lo feo de las Evaluaciones en Educación

Las siguientes son reflexiones sobre “lo feo en las Evaluaciones Educativas”. Las evaluaciones cobran importancia en este entorno, pero ¿Están acordes con la diversidad? ¿Se utilizan los resultados adecuadamente? ¿Qué efectos producen? ¿Estamos preparados para implementarla?



Homogeneidad que niega la diversidad
La historia de la educación en nuestro país está plagada de ejemplos de prácticas escolares estandarizadas que cierran la puerta a la diversidad, la cual, pese a todo, lucha por sobrevivir y ocupar su lugar en la escuela. La diversidad siempre al margen, marginada. Sin embargo, hay que reconocer que las últimas reformas educativas introducen, al menos en el discurso, la necesidad de atender la diversidad y de hacer adaptaciones curriculares que consideren las necesidades e intereses de los alumnos que pertenecen a esta categoría. Aunque una gran mayoría del profesorado no entienda qué es esto de hacer adaptaciones curriculares, ni tenga la sensibilidad para aceptar y reconocer la diversidad en el aula como un valor agregado y no como un pesado lastre que le demanda más trabajo. 

La evaluación es un claro ejemplo de esta política que homogeniza realidades tan disímbolas. Las pruebas nacionales estandarizadas que se aplican actualmente, por su propia naturaleza y diseño, no pueden reconocer la diversidad de las poblaciones escolares a las que se les suministran, aunque la información que brindan y las decisiones que se toman a partir de estos datos, sí que están afectando de manera significativa la actuación de los centros escolares, y la vida presente y futura de los sujetos evaluados.

Usos segados de los resultados de la evaluación… cuando se usan
Una práctica común es que los resultados de la evaluación del aprendizaje no se empleen para un fin determinado, con lo cual parece que la evaluación sólo se hace para cumplir con una exigencia administrativa, y una vez realizada ésta, la información se guarda en el cajón sin que pase nada. Un ejemplo de ello son las evaluaciones diagnósticas que se realizan en algunas instituciones de educación superior al inicio de cada ciclo escolar.

El ritual se sigue indefectiblemente en cada curso escolar, sin que la información que la evaluación aporta tenga un uso que permita introducir cambios tendientes a la mejora de la educación. Así, la evaluación se desgasta y pierde ante los ojos de los evaluados cualquier posibilidad de ser considerada como un mecanismo para el cambio positivo. Y no sólo eso, en este escenario la evaluación es vista como un ejercicio inane que consume tiempo y energía, con lo cual su credibilidad –si es que alguna vez la llegó a tener– es puesta en duda. Habría que ser más cautos cuando se dan a conocer los resultados y, sobre todo, ser muy vigilantes del uso que distintos agentes hacen de los resultados de las evaluaciones.

También es frecuente el empleo de los resultados de la evaluación para justificar ciertas políticas o programas que responden a los intereses particulares de un individuo o grupo, el cual tiene el poder para patrocinar una evaluación que sirva a sus propósitos, cualesquiera que éstos sean.

Evaluación que fomenta la cultura de la simulación
La evaluación se ha empleado para guardar las apariencias y decir que todo marcha bien, sobre todo en tiempos aciagos en los que se sabe precisamente que las cosas no andan bien. A nivel micro lo que se pretende es ocultar las debilidades, vacíos o carencias para salir bien librado del juicio evaluador. Este tipo de conductas se promueven sobre todo en sistemas educativos en los que pesa una tradición de la evaluación como un medio de fiscalización o de control para repartir recompensas y sanciones.

Situados en el contexto del aula, vemos cómo los alumnos ante una situación de evaluación emplean estrategias diversas para aparentar que han aprendido los contenidos que marca el programa educativo, aunque para ello tengan que hacer trampa o mentir, lo más importante es salir airosos de la evaluación. Las excusas injustificadas suelen ser frecuentes el día del examen, cualquier pretexto que pueda persuadir al maestro y le garantice al alumno un buen resultado. El fin justifica los medios, no importa si los medios empleados son éticos o lícitos.

Pero lo anterior no sólo ocurre con los alumnos, también los docentes han desarrollado sus estrategias simuladoras, por ejemplo, sabemos de maestros que piden a sus alumnos con bajo rendimiento que no asistan a clases el día que se va a aplicar a su grupo el examen de conocimientos, cuyos resultados se tomarán en cuenta como parte de la evaluación docente, sólo para evitar una mala evaluación. Nuevamente, el fin es lo más importante a costa de lo que sea.

Evaluación conducida por personal improvisado
La evaluación en México ha estado permeada por una visión empirista que descansa en el principio: “Todos sabemos de evaluación, porque alguna vez hemos sido evaluados”. De acuerdo con Nevo, para ser un evaluador competente y fiable se necesita la combinación de una amplia gama de cualidades y características, entre las cuales destacan:
a) competencia técnica en el área de la medida y la investigación,
b) conocimiento del contexto social y de la naturaleza del objeto de la evaluación,
c) destreza en relaciones humanas,
d) integridad personal y objetividad, y
e) características relacionadas con la autoridad y la responsabilidad. Según este mismo autor existen varios tipos de evaluadores:
Evaluador interno: generalmente es contratado por los responsables del proyecto y les informa directamente. 
Evaluador externo: no está contratado directamente por los responsables del proyecto y goza de mayor independencia. 
Evaluador profesional: tiene una amplia formación en evaluación y su principal responsabilidad consiste en dirigir evaluaciones.
Evaluador práctico: no suele estar especializado en evaluación y su implicación en la misma representa sólo una parte de su trabajo.



Lo que ocurre en nuestro medio es que una buena parte de los docentes de educación superior no suele tener formación o carece de experiencia en el vasto y complejo campo de la evaluación del aprendizaje, lo que genera que en la práctica se ignore el gran cúmulo de conocimiento existente y se cometan muchos errores por omisión o desconocimiento. En estas coordenadas, se afirma que:
la asignación de múltiples finalidades en las tareas de evaluación y la falta de tradición de las concepciones evaluadoras en el país se manifiesta también en una carencia de personal especializado en esta disciplina. A ello hay que agregar que en los planes de estudio de licenciatura y posgrado del área educativa existe una tendencia a restar importancia a una asignatura de evaluación, o bien, una seria deficiencia en los contenidos que se trabajan (Díaz Barriga).

Además del conocimiento teórico-metodológico, es menester que la persona que representa o encarna la figura del evaluador posea autoridad ética y moral, de modo que sus juicios evaluadores sean acogidos con confianza y gocen de credibilidad entre la comunidad educativa (House y Howe). De no ser así, se corre el riesgo de que, desde el inicio, todo el proceso evaluador esté desacreditado. Desafortunadamente, en este terreno las cosas parecen apuntar en otra dirección: “Tanto en la formación de los docentes como en la concepción de las metodologías y los medios de enseñanza, la evaluación y la regulación de los procesos de aprendizaje a menudo siguen siendo los parientes pobres” (Perrenoud).


Autor
Tiburcio Moreno Olivos
Doctor en Pedagogía por la Universidad de Murcia (España). Profesor Investigador de Tiempo Completo Titular C. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Académica de Ciencias de la Educación. Coordinador de la línea de investigación: Currículum, Innovación Pedagógica y Formación. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1 y del COMIE. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran el libro. «La Evaluación de los Alumnos en la Universidad: Un estudio etnográfico». (2010).Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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