lunes, 25 de febrero de 2013

La docencia, una profesión ¿Se evalúa profesionalmente?


Existen diversas formas de ver la docencia ¿Es una profesión, un apostolado o un trabajo? Estos modelos circulan y se superponen. Al evaluar en el aula y colocar una calificación, ¿lo hacemos profesionalmente? ¿Por qué se dan estas prácticas evaluatorias?


Exponer, exhibir o mostrar lo aparente rompiendo la coraza que lo envuelve generalmente resulta molesto e incómodo, ya que establece el refrán: la verdad no peca pero incomoda, aunque en este caso afirmar categóricamente que es la verdad absoluta sería pecar de vanidad extrema, por lo tanto es importante hacer hincapié aunque sea a estas alturas, de que sólo se habla en base a la interpretación obtenida de los análisis realizados, y desde luego, desde una mirada estrictamente bipersonal.

Es sumamente fácil demostrar que en cada institución educativa se lleva a cabo la reproducción del mismo esquema de evaluación, esto independientemente del acervo cultural interiorizado en los sujetos educados a través de una acción pedagógica por la inculcación o como diría Pierre Bourdieu, a través de una arbitrariedad cultural, dentro de la cual existen aspectos inmanentes de los propios actores de esa institución que le agregan algo de su esencia. Lo que si es sumamente complejo, es aclarar como las cuestiones subjetivas e inherentes a los actores principales del proceso educativo y de evaluación se infiltran y permean el otorgamiento de una calificación aprobatoria o reprobatoria manifestando a través de ello toda una violencia simbólica.

El mismo Bourdieu señala, “...todo poder de violencia simbólica, es decir, todo poder que logra imponer significados e imponerlos como legítimos disimulando las relaciones de fuerza en las que se basa su fuerza, agrega su propia fuerza, es decir una fuerza específicamente simbólica, a estas relaciones de fuerza”.

En un estudio realizado por José Ruiz Ortega, al realizar toda una triangulación de la información obtenida se detectó que en este caso en particular los docentes asignan un número llamado calificación simplemente porque es un requisito proveniente del mandato institucional, convirtiendo el acto en una auténtica parafernalia. La mística del docente está ausente, no hay interés por entender primero el significado de la evaluación como parte del proceso de enseñanza y aprendizaje, lo único que interesa es cubrir la apariencias para conservar el trabajo; es decir, dedicarse a la docencia fue quizá su única opción laboral para poder satisfacer sus necesidades básicas y por tanto, ingresar a la enseñanza no estaba dentro de sus prioridades como profesionistas y menos el deber ser del docente, situación que parece no ser exclusivo de un sujeto o de una escuela en particular ya que Antonio Alanís Huerta señala en su texto “Educación y formación profesional: Análisis y perspectivas hacia el tercer milenio”:

...tampoco es extraño que los profesionistas que no logran colocarse en instituciones o empresas para ejercer su profesión, lleguen a la docencia...como última opción...Es decir,...es un campo de acción que seguido se ve invadida de profesionistas fracasados, que lejos de ser los impulsores de la superación profesional y de la investigación, se convierten en ejemplos del resentimiento del despegue cualitativo de las instituciones, confinándolas a la mediocridad;...son incapaces de generar propuestas alternativas ante los problemas educativos que confrontan las instituciones, pero son hábiles destructores de toda innovación”.

Si aceptamos lo anterior como válido, no es descabellado exponer que en muchos espacios educativos, de todos los niveles, la asignación de calificaciones se toma como sinónimo de evaluación; debido a que “estas” personas no han comprendido el cabal significado de la profesión docente, ya que de acuerdo con el Dr. Alanís Huerta: “la profesión docente hoy por hoy va acompañada de una exigencia de competencias teóricas, técnicas y contextuales propias del mercado docente”. Si bien es cierto la docencia dejó hace tiempo de ser un apostolado.

...sí se puede subrayar que la docencia es una actividad donde se manejan saberes: donde se estudia y analiza un contenido disciplinario, se crea y recrea un conocimiento...La docencia es una oportunidad para aprender, donde no aprende el que no quiere,...es el arte de enseñar un contenido específico a una persona o grupo. Pero también la docencia se prepara, se planifica, y aquí interviene el elemento sistemático y la información científica”.

Por lo anterior surge la pregunta obligada ¿en dónde, con quién y como se aprende a ser un verdadero docente y por consiguiente, ha evaluar correctamente, justamente, equitativamente, neutralmente, en dónde?, Alanís Huerta nos contesta:

“...la docencia como concepto y como práctica se estudia en las instituciones educativas formadoras de docentes; pero a ser maestro se aprende dando clases, enfrentando los conflictos, las carencias de recursos de apoyo, la inseguridad personal y sobre todo, superando las deficiencias profesionales con mucha voluntad, trabajo y dedicación; pero además, reflexionando, analizando, corrigiendo y actualizando nuestra práctica constantemente...”.

Esto quiere decir, que la mística no debió desaparecer, que debe haber convicción en la persona para dedicarse a la docencia, para ser dedicado, justo y equitativo, que no se debe dedicar a esta noble labor simplemente porque no se tiene otra alternativa, que un auténtico profesional de la docencia es aquel que domina con excelencia el contenido disciplinario de la carrera de la cual procede, como también los métodos, técnicas y procedimientos didácticos y pedagógicos y de evaluación, para ponerlos en práctica en todo momento y en cada contexto.

Echar en saco roto estas cuestiones es estar en el trabajo equivocado, es autoengañerse o como dice el Maestro Piña Marquina “Los maestros que se desempeñan preferentemente como profesionistas es bueno recordarles que no están en el lugar correcto, la docencia no es su destino”.

En síntesis, extrapolando los resultados obtenidos en este trabajo de análisis podemos aventurarnos a señalar que en muchas instituciones educativas no existe una verdadera profesionalización docente, situación que obviamente tiene mucho que ver y se refleja en la forma como los docentes evalúan el aprendizaje de sus estudiantes y también como asignan las calificaciones correspondientes.



Extraído de
LAS CALIFICACIONES, ¿CONTROL, CASTIGO O PREMIO?
Jesús Rivas Gutiérrez Universidad Autónoma de Zacatecas, México
José Ruíz Ortega Escuela Preparatoria “Candelario Guisar”, México

1 comentario:

Óscar dijo...

Lo expuesto es totalmente cierto. Existen ese tipo de docentes, sobre todo en la educación Media superior y Superior, incluso existen sistemas educativos que buscan tener profesores de esta clase porque es más sencillo conducirlos hacia los intereses sindicales sin pensar en el verdadero objeto y fin último de su labor magisterial.
Pero, ¿a las instituciones educativas les interesa romper dicho esquema?, ¿tienen programas alternos de formación docente que evite lo que se expone? ¿existe una política de evaluación conformada desde el propio modelo educativo para que sea congruente y cumpla con su cometido?
Estas y otras preguntas merecerían respuestas claras y contundentes para que se pudiese conformar una política educativa de evaluación verdaderamente orientada al logro de los aprendizajes.

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