domingo, 18 de agosto de 2013

Adicción a las calificaciones ¡¡Cuidado!!


¿Qué importancia tienen las notas en las escuelas? ¿Qué significan? ¿Son el fin o un medio? ¿Qué valores implican? Las calificaciones escolares son más que una medida, socialmente tienen valor por si mismas Qué priorizamos ¿Procesos o resultados? ¿Qué podemos hacer al respecto?


Desde hace tiempo el Sistema de Evaluación Nacional por medio de la Secretaría de Educación aplica, en nuestras escuelas primarias, exámenes para las “Olimpiadas del Conocimiento” y para otras competencias, con el fin de “evaluar las nociones” adquiridas por nuestros niños.

Y después de comparar los resultados obtenidos por una escuela con los de otra, los de una zona escolar con otra,  los de una ciudad con otra, los de un estado con otro y los de un país con otro, muestran a la opinión pública dichos resultados, que casi siempre aparecen desalentadores (de acuerdo a los parámetros que arbitrariamente se eligieron para calificar).

A propósito de estos hechos, y otros tantos que se presentan en el interior de varias escuelas, comparto con ustedes algunas reflexiones que inicio con este texto citado en el 3er. Congreso Internacional de Educación:
“Las calificaciones”
Hemos en nuestros países por fin suprimido las notas y las calificaciones ya que son una de las formas más inmorales de la realidad escolar tradicional.

Las notas en sí mismas con el margen de error que comportan, mayor al 50%, podrían ser aceptadas en nuestras clases si no fueran utilizadas para mostrar a los padres de familia y a la institución medidas arbitrarias sobre los conocimientos.

La utilización de las notas introduce en las clases escolares, de forma natural, lo que jamás se habría dado sin ellas: las trampas, las mentiras, los trucos en el trabajo, el esfuerzo superficial, el querer conocer, no por el gusto del conocimiento, sino por el resultado de un examen...

Conductas que son ya de por sí inmorales, pero que además suponen los más deplorables ejemplos para el futuro y la más peligrosa de las costumbres sociales.

El sistema de notas y calificaciones al no ser científico, considerando el elevado margen de error, es uno de los principales obstáculos para que en nuestras escuelas se establezca un clima moral aceptable y digno.

Sólo en un clima de trabajo auténtico se logra hacer inútil la práctica de las notas, convirtiendo en esencialmente moral el trabajo del niño y del maestro.

Pensemos por ejemplo en un hermoso juego de bolos... en cuanto se introduce el dinero y la apuesta, el interés falsea el desarrollo de una competición deportiva sana y auténtica... ya nada transcurre derecho y aparecen inmediatamente: la trampa, la mentira y, a veces, hasta el crimen y el asesinato...

Las calificaciones y los exámenes tal como se utilizan en el sistema tradicional siguen siendo hoy en día los elementos más perturbadores de la formación.”

Por desgracia en nuestro sistema educativo nacional y en muchos otros sistemas educativos de otros países “los exámenes son instrumentos legalizados de selectividad, donde los estudiantes son  probados, medidos, analizados, clasificados y segregados”, según palabras de Francisco Gutiérrez, Doctor en Pedagogía y Catedrático de distintas Universidades en varios países latinoamericanos. Y a los profesores, los alumnos, los padres de familia y la sociedad en general no nos queda más que aceptar como un acto de “justicia” que un examen con errores comporte una baja calificación, y una alta calificación sea el resultado de un examen con aciertos.

El destino de los que no entran en la universidad se ventila desde los seis años de vida”. Bourguingnon

 Nos hemos preguntado alguna vez ¿cuál ha sido, en muchas ocasiones, el costo de este “acto justo”?:

Alumnos que copian, que hacen “acordeones”, que memorizan sin comprender, que negocian unos puntos de más, que trafican respuestas con tal de conseguir una nota alta. Alumnos obsesionados por pasar un examen, que sufren y hasta se enferman para lograrlo.

Escuelas obligadas a dar resultados a cambio de violentar procesos. Escuelas que viven preocupadas por realizar “certeros” exámenes de admisión que más bien son exámenes de “eliminación”, relegando a todos aquellos alumnos que “no son aptos” (¿?).

Maestros que olvidan que su prioridad es la vida de sus alumnos y viven obsesionados por terminar un programa. Maestros que compran exámenes, que dictan cuestionarios con respuestas hechas, que “adiestran” a los niños para responder acertadamente en “clases públicas” y pierden el tiempo valiosísimo del descubrimiento  en la aplicación de una gran cantidad de exámenes absurdos  para conseguir resultados con  notas altas.
Papás que exigen, premian o castigan a sus hijos por las notas alcanzadas. Papás mucho más preocupados por el “6” (¡?!) que por su hijo mismo, y otros muy orgullosos del “10” (¡?!) y poco sensibles a la observación del equilibrio mental y emocional de su hijo. Padres tan “avergonzados” de un “5” (¡?!) que se privan de abrazar y de besar a su hijo con la frecuencia necesaria.

Y finalmente cuando algunos "privilegiados de los dioses" logran esos ansiados "dieces y dieces" ¿qué es lo que sucede, en un considerable número de veces, con sus vidas?:

 ¿Logran acceder y permanecer en los trabajos que deseaban?,
¿Pueden realmente arrostrar los problemas de la vida?,
 ¿Logran ser personas cálidas, afectuosas, sensibles al bien común, plenas y, en definitiva,  son personas felices?
¡Cuántas veces se dan cuenta demasiado tarde que dieron su vida a cambio de un número que hoy no tiene ningún  significado!

La auténtica sabiduría lleva al ser humano a "saborear" el conocimiento, gozando y ansiando cada uno de los aprendizajes que el mundo le ofrece.

De continuar en este círculo vicioso donde nos seguimos “rasgando las vestiduras” por una nota que da “mucho prestigio” y no por acceder a la sabiduría auténtica,

¿Podrá nuestro país, algún día,  obtener el tan esperado “mejor nivel académico”?

¿Cuándo nuestros niños podrán ser dueños de un razonamiento lógico y de un pensamiento analítico-sintético?, ¿Cuándo integrarán las representaciones simbólicas en estructuras mentales que les permitan aplicarlas a situaciones de la vida real?, ¿cuándo comprenderán perfectamente una lectura y disfrutarán del privilegio de leer?...

Esto no será posible mientras nuestro universo escolar siga inmerso en una enseñanza pragmática.

Jacques Delors, Presidente de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI de la UNESCO afirma lo siguiente:
La educación tiene la misión de permitir a todos sin excepción hacer fructificar todos sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica que cada uno pueda responsabilizarse de sí mismo y realizar su proyecto personal de vida.
El  imperativo es atender a los procesos de la educación y a la promoción del género humano, no a la discriminación.
En resultados adversos se necesita de una estrategia paciente y concertada de reforma. Las políticas educativas estarán encaminadas hacia una descentralización inteligente, que permita incrementar la responsabilidad y la capacidad de innovación  de cada establecimiento escolar y jamás se constituirá como un factor de exclusión.
A fin de lograr en la educación un nuevo modelo de desarrollo que sea más respetuoso de la naturaleza y de  los ritmos de cada ser humano.

Jean Piaget, uno de los más grandes epistemólogos (científicos que estudian la formación de las nociones en la mente del ser humano), asegura lo siguiente:

“Un error corregido puede ser más fecundo que un éxito inmediato”.

Sin embargo, y por desgracia, el error se ha considerado siempre en el sistema educativo tradicional como un resultado digno de castigo, como un elemento indeseable en el aprendizaje y como una vergüenza que implica el “fracaso”  del alumno… Fracaso que muchos niños arrastran toda una vida y que marca, en ocasiones, destinos trágicos.

Priorizar los resultados y desconocer los procesos es el error más grave que se puede cometer en la tarea educativa.

Priorizar los procesos y minimizar los resultados cuantitativos debiera ser lo propio de la etapa de la educación primaria, donde se están construyendo las herramientas del pensamiento y de la cognición, para posteriormente en una etapa formal del conocimiento se pueda exigir, con toda pertinencia, los aciertos en los resultados, como una consecuencia lógica del auténtico proceso del aprendizaje.

Un error debe informar al maestro y  no mutilar al alumno. Un error debe alertar al profesor para saber ofrecer la ayuda sabia y precisa que requiere su alumno.

El maestro debe ser un experto en descubrir “la naturaleza del error”. Por ejemplo, hay “errores mecánicos”, que sólo requieren de hacer énfasis en los tiempos de los  procesos de memorización y existen también, “errores conceptuales” que sí exigen al docente retomar los pasos del proceso científico de la adquisición de una noción: experimentación, descubrimiento, ejercitación, aplicación, formulación y memorización para poder evaluar.

Un error orienta e ilumina al profesor para conocer el proceso del razonamiento del alumno, si sólo se toman en cuenta los aciertos para formular el resultado, difícilmente se conocerá si el razonamiento es el correcto o no (en muchos casos no lo es).

El acierto “tranquiliza” y el error intranquiliza, y este tipo de  “intranquilidad” es muy sano, pues puede llevar a la reflexión y a la rectificación del proceso enseñanza-aprendizaje. Y en muchas ocasiones ese tipo de  “tranquilidad” estanca y no permite abrir los horizontes de acción hacia el progreso.

El Doctor Saturnino de la Torre, Doctor en Psicopedagogía y Catedrático de la Universidad de Barcelona afirma, en una de sus publicaciones más recientes: “Aprender de los errores de los alumnos”, que la evaluación no debe tener como fin ejercer una función enjuiciadora  y sancionadora mostrando con “absoluto  rigor” la comprobación de resultados, sino que la evaluación deberá tener como objetivo prioritario una función formativa y orientadora en donde los resultados, a partir de los procesos (no de las respuestas finales) guíen la tarea del docente. “Evaluar no es enjuiciar sino ayudar.”

Tal vez pensemos que es imposible cambiar los sistemas de evaluación... Tal vez, en este momento, sí lo sea.

Lo único que hoy en nuestras manos está es lo siguiente:
  • Cambiar nuestra actitud personal ante los “escandalosos” resultados que, en definitiva, no reflejan la realidad escolar por todas las limitaciones que tienen los sistemas de evaluación.
  • Evitar  situaciones de pesimismo, desconfianza  y pánico.
  • No caer en el juego de las competiciones absurdas e insanas entre los alumnos y entre las escuelas, y sí preocuparnos por lograr el desarrollo máximo de las competencias reales de cada ser humano.
  • Ponernos a trabajar cada quién donde corresponda,  responsable y comprometidamente en lo esencial de esta maravillosa tarea que nos compete a todos: La educación de los niños.
  • Y tal vez un día no muy lejano también podamos cambiar de sistema… ¿Por qué no?

Basta ya de continuar inmersos  en ese círculo tan viciado, ¡Rompamos las cadenas y desintoxiquémonos!

Autora
Olga Moreno de Gama
Olga Moreno de Gama es Licenciada en Pedagogía, con especialidad en Educación Personalizada. Es coordinadora de una escuela primaria en León Gto. México



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