miércoles, 6 de julio de 2016

LA EVALUACIÓN QUE EDUCA

Pienso que deberíamos hablar de evaluación educativa en la escuela no solo porque la evaluación que se hace se centra en fenómenos relacionados con la educación sino porque debería educar a quien la hace y a quien la recibe. Y eso supone que se trata de una evaluación que respeta, motiva, enseña, mejora y hace crecer a evaluadores y evaluados.

No siempre se hace una evaluación de este tipo en las escuelas. En efecto, yo creo que, aunque hay magníficas experiencias evaluadoras, las finalidades pedagógicamente pobres están más presentes que las finalidades educativas. Se evalúa para comparar, seleccionar, clasificar, diagnosticar, controlar, comprobar, jerarquizar… más que para aprender, dialogar, comprender, mejorar, animar… Qué decir de las finalidades espurias: torturar, asustar, imponer, dominar, acomplejar, desanimar… Se olvida muchas veces que la evaluación, más que un fenómeno técnico, es un fenómeno ético. Nos lo recuerda atinadamente Marcelo Rioseco, autor de esta interesante obra que ahora tienes en las manos: “La evaluación de aprendizajes, tal como se aborda en la actualidad en muchos sistemas educativos, fomenta la segregación, la discriminación y la clasificación de las personas, desde que son pequeñas hasta que llegan a la edad adulta, en función de una mirada externa que se impone al sujeto y a su capacidad de discernir y valorar el mundo en el que se encuentra incorporado”, dice el autor en la Introducción de esta obra. La evaluación es un proceso complejo que permite poner sobre el tapete todas nuestras concepciones, principios y actitudes.

Se puede decir sin mucho riesgo de equivocarse: dime cómo haces la evaluación y te diré qué tipo de profesional (y de persona) eres (Santos Guerra, 2015). Alguna vez he utilizado una doble metáfora para explicar diferentes concepciones del proceso de enseñanza y aprendizaje. De ellas se derivan modelos diferentes de evaluación. Se puede entender que el docente es un escanciador de agua que vierte desde un recipiente en el que está almacenada el agua del conocimiento en un recipiente vacío que es el alumno. La evaluación consistirá, en este caso, en medir cuánto agua hay en la copa. Pero si se entiende la enseñanza como un proceso que ayuda al alumno a descubrir por sí mismo manantiales de agua, que le ayuda a saber si el agua está contaminada o es potable y, cuando sabe que es potable, la comparte con quienes se mueren de sed y no la destina a llenar la piscina de su jardín y a construir fuentes ornamentales, la evaluación será un proceso más complejo y exigente.

El lenguaje es como una escalera que sirve para subir hacia la liberación y la comunicación pero que también sirve para bajar hacia la confusión y hacia la dominación. El problema no es que no nos entendamos sino creer que nos entendemos cuando estamos diciendo, realmente, cosas no solo diferentes sino contradictorias. Habría que empezar por diferenciar evaluación de simple calificación. Precisar qué es lo que entendemos por evaluación ya que en castellano disponemos de esta sola palabra para referirnos a lo que los ingleses llaman assessment, accountability, appraisal, self-evaluation, research… Resulta importante que el autor haya dedicado el primer capítulo a explicar lo que es para él aprendizaje y el segundo a lo que entiende por evaluación. Una evaluación de naturaleza pobre propicia un proceso de aprendizaje pobre. De ahí la importancia de realizar procesos de evaluación pedagógicamente ricos.

El conocimiento académico tiene valor de uso (altamente discutible, a veces) pero tiene un innegable valor de cambio. Si demuestras que lo has adquirido, el sistema te lo canjea por una calificación. Como las personas alcanzan el éxito a través de la evaluación, se preparan adecuadamente para ello. Por eso es tan importante la propuesta que nos hace el autor en esta obra. De hacer la evaluación del aprendizaje a través de las actividades.

La obra que tienes en la mano, amable lector, amable lectora, constituye una interesante aportación al ya bien nutrido caudal de libros sobre la espinosa cuestión de la evaluación de los aprendizajes. Con una estructura sencilla y sólida a la vez, plantea un triángulo equilibrado de cuestiones esenciales: el aprendizaje, la evaluación y la propuesta que se nos hace de evaluar los aprendizajes y saberes mediante el desarrollo de actividades. Es una interesante propuesta. Una propuesta de evaluación que mejora el aprendizaje. Porque, como decía, una forma rica de hacer la evaluación propicia un aprendizaje más significativo y relevante. Se nota que el autor ha hecho muchos viajes de la teoría a la práctica y de la práctica a la teoría.

No es un diletante que se apropia de conceptos ni es un profesor que se limita a repetir los patrones heredados de las viejas prácticas sin una exigente reflexión. Por el contrario, hace una interesante simbiosis de teoría y práctica y consigue hacernos una propuesta de gran interés. Califica muy bien el autor el trabajo que nos presenta diciendo que es “un ensayo, un experimento reflexivo que pretende desarrollar y entregar algunas herramientas conceptuales para abordar la evaluación educativa desde otro prisma: uno que entiende al ser humano como un ser social, que se define por su intencionalidad transformadora y que necesita adaptarse crecientemente en un mundo compartido con otros seres humanos”. La propuesta que nos hace el profesor Marcelo Rioseco tiene una ventaja añadida. Aunque ha sido concebida para la combinación de modalidad presencial y virtual de enseñanza, puede ser aplicada a la modalidad exclusivamente virtual o exclusivamente presencial. 

El enfoque de la obra está transido de coherencia. La enseñanza se articula no sobre el saber, sino sobre el saber hacer. No tanto sobre los contenidos cuanto sobre las actividades que realiza el estudiante.

Esta propuesta está muy vinculada a la concepción de la enseñanza por competencias. Lo dice claramente el profesor Rioseco: “la propuesta que se desarrolla a continuación pretende someter la lógica del contenido a la lógica de la actividad”. Me parece relevante en la propuesta la participación de los alumnos a través del contrato de aprendizaje y del proceso de autoevaluación. Ellos y ellas conocen bien lo que han aprendido.

El modelo de evaluación que plantea la obra tiene mucho que ver con el saber hacer, no tanto con la repetición mecánica de aprendizajes inertes. Por eso hay que dar la bienvenida a un libro como este. Ojalá no sirva solo para la adquisición de conocimientos sino para que los profesores y profesoras, en coherencia con la filosofía del texto, apliquen las ideas a su proceso de evaluación. Es decir, que el libro no sirva no solo para leer sino, sobre todo, para hacer.

Miguel Ángel Santos Guerra
Catedrático Emérito de la Universidad de Málaga.
España. 27 de julio de 2015

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