martes, 1 de noviembre de 2016

Funciones de la evaluación

La pregunta del para qué evaluar, nos conduce a describir las funciones de la evaluación.
a) Determinar posibilidades de desarrollo para los estudiantes, a partir de sus saberes Es la función que en la mayoría de los sistemas educativos en la actualidad se hace prevalecer, a través de definiciones explícitas y de condiciones implícitas. Los sistemas educativos están estructurados sobre la base de niveles (o cursos) que se van superando cuando se cumplen determinados requisitos.


Se suelen llamar requisitos de aprendizaje, pero, en rigor, se trata de saberes que se intenta cuantificar mediante calificaciones numéricas, asignadas, en su mayoría, por los profesores, a través de la aplicación de pruebas y de exámenes. Como evaluadores, los profesores representan todo un sistema educativo que evalúa a través de ellos.

Los estudiantes van pasando de un nivel a otro, acumulando un historial que los perfila, en términos académicos, y que culmina con el reconocimiento, por parte de la institución, de que han completado el proceso, a través de un título o de un certificado. Como ya lo hemos comentado anteriormente, muchas veces, los saberes que se califican en la educación y que conforman la trayectoria académica del estudiante son poco relevantes. Así mismo, tienden a hacer que prime el interés hacia los resultados por sobre la valoración hacia el proceso, convirtiendo la formación en una especie de carrera cuyo sentido es la superación de obstáculos impuestos de manera externa, desvinculados de un aprendizaje significativo. En el tipo de sociedad en que vivimos, en la que existe una gran desigualdad de oportunidades, y donde la educación se ha incorporado como un mecanismo para clasificar a las personas, la evaluación y medición de saberes no sólo determina el acceso a diferentes roles y actividades, sino que define la posibilidad de obtener diferentes derechos y privilegios, asociados a estos roles.

Aún cuando, desde el punto de vista de nuestra biología, los seres humanos nacemos con capacidades y potencialidades equivalentes, la educación se encarga, si no de generar desigualdad de oportunidades, al menos de acentuarla y de validarla. Nadie nace para ser ingeniero, médico, indigente o cajero en un supermercado. Por esta razón, un sistema educativo que se basa en la medición, la comparación y la clasificación de las personas, es absolutamente funcional a un tipo de sociedad que se estructura a través de la desigualdad. En la actualidad, al sistema educativo ha incorporado la responsabilidad de certificar el saber de los estudiantes para suministrar recursos humanos al sistema productivo. Se da por sentado que las cosas deben ser de esta manera. Pero, ¿por qué?.

Si la educación es una actividad de interés público, asumida por la sociedad para mejorar las condiciones de vida de la gente, transmitir a las nuevas generaciones la cultura y el conocimiento acumulado por la humanidad durante miles de años, formar mejores ciudadanos, liberar a las personas de las condiciones y de los límites que les impiden realizarse, ¿por qué debe centrarse en la preparación de capital humano para satisfacer las necesidades de un sector en particular de la sociedad? La educación debe ser concebida, en primer lugar, para potenciar el crecimiento y el bienestar de los estudiantes, como también, el progreso de la sociedad, en términos generales.

Por supuesto que es conveniente que exista una articulación entre los fines de la educación y los requerimientos del sector productivo. Lo que no es aceptable es que, en términos prácticos, se imponga la certificación de recursos humanos para los intereses de un sector en particular, como el fin último y principal de la educación. Si vivimos en una sociedad donde las oportunidades para la gente son profundamente desiguales, donde muchos seres humanos apenas consiguen sobrevivir en entorno violentos y en condiciones, prácticamente de esclavitud, la educación no puede hacerse cómplice de esta situación, ni adoptar una actitud pasiva, complaciente, ante los poderes que controlan a la evaluación la sociedad.

No puede seguir desarrollándose como un espacio de alienación, donde a los estudiantes se les enseña a competir para obtener ventajas pequeñas en un medio que explota su temor al futuro, a la pobreza y al desamparo. La educación no debe seguir funcionando como una instancia estructurada para que las personas se adapten, de manera decreciente, a la injusticia, el abuso, el maltrato y la cosificación. En este sentido, la evaluación tiene mucho qué decir y qué hacer. Primero que todo, necesita liberarse de su carácter autoritario y punitivo. Cambiar la creencia absurda de que una educación buena y exigente es aquella que castiga a los estudiantes con las calificaciones. En segundo lugar, los saberes que se pretende medir, deben estar bien justificados y no tienen por qué constituirse como lo único, ni como lo más importante que se trabaja en el proceso formativo. En tercer lugar, la institución y el sistema educativo deben entregar las condiciones para que todos los estudiantes, sin distinción, tengan la oportunidad de incorporar y demostrar aquellos saberes que determinan sus posibilidades de inserción en el medio social. La tarea principal de las instituciones no es seleccionar ni clasificar, sino proveer los medios y el apoyo para que los estudiantes elijan aquello que les interesa, que los realiza y que constituye un aporte para el resto de la sociedad. En cuarto lugar, y relacionado con lo anterior, la evaluación debe propender a equilibrar la valorización de los diferentes ámbitos del conocimiento y del quehacer humano.

Si las actividades que una sociedad requiere para funcionar, se establecieran con inteligencia, creatividad y respeto hacia las personas, habría espacio real para la vocación. Los trabajos alienantes, esclavizantes o aquellos que denigran al ser humano, simplemente no tendrían cabida. En quinto lugar, la medición y la valoración del comportamiento del estudiante para corroborar la presencia de un saber debiera considerar y sistematizar la mirada no sólo del profesor, sino también de los otros estudiantes (co-evaluación) y, por sobretodo, la mirada de quién está siendo evaluado (autoevaluación). En caso que los saberes que se necesitan para llevar a cabo 96 una determinada actividad no se hayan alcanzado, para lo único que sirve un juicio externo, que no es comprendido ni asumido por el estudiante, es para inhibir su aprendizaje en el futuro. Por último, se debiera estructurar y plantear la evaluación de tal manera, que fomentara la honestidad, como actitud, y la autenticidad, como principio. Hoy por hoy, se tiende a atribuir el cien por ciento de la responsabilidad de las malas prácticas instaladas en el sistema educativo para burlar los mecanismos de calificación y evaluación, a los estudiantes.

Sin embargo, es difícil ser honesto con los propios errores, fracasos y falencias, cuando estos se generan a partir de exigencias impuestas y, muchas veces, sin sentido, y cuando su reconocimiento implica exponerse a castigos y coerciones de diferente naturaleza. b) Fomentar el aprendizaje de los estudiantes y de los profesores Otra de las funciones de la evaluación, es permitir a los actores del proceso y, principalmente, a los estudiantes, reconocer y enfrentar las dificultades que se les presentan. Para tal efecto, es necesario fomentar una evaluación que potencie una disposición emocional constructiva hacia las tareas, las actividades y los diferentes tipos de desafío que se ponen de manifiesto. Si lo miramos desde un punto de vista temporal, se trata de valorar lo hecho en el pasado y lo por hacer en el futuro.

Vale decir, debe orientarse a motivar, reconociendo los logros que se alcanzan y aquellos aspectos que es necesario desarrollar mejor. c) Transparentar y mejorar la comunicación Si se consigue desarrollar un diseño de la evaluación claro y participativo, cuyo propósito principal es mejorar un proceso que fomenta el aprendizaje, la comunicación entre profesor y estudiantes y entre los estudiantes entre sí, debe, también, mejorar. Las intenciones se hacen explícitas; los procedimientos de trabajo, conocidos; las responsabilidades, se delimitan y los juicios se producen en un contexto de transparencia y de respeto. d) Valorizar y adaptar elementos de contexto que condicionan el aprendizaje del estudiante La valorización de aquellos elementos que condicionan el aprendizaje por parte del estudiante, permite, básicamente, dos la evaluación o 97 n cosas: en primer lugar, explicitar y mejorar la disposición del alumno hacia aquellos factores que juegan un papel importante en la manera cómo se lleva a cabo el proceso de enseñanza-aprendizaje y, en segundo lugar, adaptar y producir mejoras, en la medida de lo posible, en el funcionamiento de estos factores.

Mediante una evaluación apropiada, se puede validar el rol del docente, aumentando la confianza del estudiante en la persona que esta a cargo de orientar el proceso de enseñanza. Así mismo, el docente puede conocer, oportunamente, aquellos elementos que debe atender y mejorar en cuanto a su desempeño. En relación a los objetivos, a través de su evaluación, es posible conseguir que el estudiante se apropie de ellos, como también tener información para adaptarlos de mejor forma al contexto del curso. Algo equivalente ocurre con la evaluación de la metodología, de la infraestructura, de los recursos materiales y con la evaluación de aprendizajes en sí misma: se puede mejorar la confianza en ellos, proveerlos de sentido y optimizarlos. e) Canalizar información útil, precisa y oportuna a instancias externas que pueden aportar al mejoramiento del proceso educativo Por último, la evaluación también es una herramienta fundamental para recoger información en torno al proceso de enseñanza-aprendizaje, que permite tomar decisiones que trascienden la interacción enmarcada dentro de un determinado curso. Esta información puede ser utilizada, entre otras cosas, para orientar el perfeccionamiento docente, mejorar el programa de estudio y el currículum y atender las necesidades materiales y de infraestructura.



Autor
Marcelo Rioseco Pais
DE LA DOMESTICACIÓN A UNA EVALUACIÓN LIBERTARIA
Reflexiones en torno a la evaluación educativa
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