jueves, 10 de noviembre de 2016

¿Para qué aprender?

¿Para qué aprender? Esta pregunta nos conduce al tema de la finalidad de la educación. ¿Qué entendemos por la finalidad y qué papel cumple ésta en la configuración y el desarrollo de un determinado proceso, como la educación?. Una finalidad es aquello a lo que se apunta o que se desea conseguir. Desde nuestro tiempo presente, esperamos que algo ocurra en el futuro. Para que aquello se cumpla, necesitamos realizar un conjunto de acciones, seguir una serie de pasos y de procesos, a través de las posibilidades que se presentan.


Estas posibilidades que se presentan, son mis posibilidades y este futuro que se abre, es mi propio futuro, lo que en absoluto quita que haya otras personas con puntos de vista diferentes al mío, que “posibilitan” el mundo, intersectando sus posibilidades con las mías y con mi punto de vista. Si no fuera así, cualquier forma de comunicación con los demás sería imposible. Desde este punto de vista, los fines, también, pueden ser compartidos por un conjunto de personas. Cada una de estas personas habrá de incorporar estos fines comunes, de acuerdo a sus capacidades, a sus posibilidades, pero, principalmente, de acuerdo a su forma de compromiso. Si alguien en el conjunto no comparte ni está comprometido con los fines comunes, sus intereses individuales se contraponen a los fines del conjunto. Por ejemplo. Un grupo de obreros, técnicos y profesionales, deben construir una casa.

El fin común es la correcta construcción de la casa, con una estructura firme, buenas terminaciones y con todas sus instalaciones funcionando. Si un trabajador no está comprometido con estos objetivos, tampoco tendrá un interés real en el resultado de su trabajo. Intentará hacer el menor esfuerzo posible y obtener el mayor nivel de beneficio, lo que, obviamente, afectará el progreso de la obra y aumentará el nivel de los gastos, dependiendo del tipo de responsabilidad que tenga asignada.

Ahora bien, ¿qué sucede, entonces, con aquellas finalidades que orientan y determinan el proceso educativo, en la educación formal? ¿cuáles son? ¿quién las determina? ¿de qué manera? ¿cómo son asumidas e incorporadas estas finalidades por los diferentes actores que participan de dicho proceso? En un plano general, cada uno de los integrantes de una sociedad posee determinadas expectativas en torno a lo que debiera ser y hacer la educación formal, en las distintas etapas de desarrollo del ser humano y, especialmente, de las personas que pertenecen a dicha sociedad. Se supone que en una sociedad democrática, estas expectativas y aspiraciones debieran traducirse en los fines que persigue el sistema educativo en sus diferentes niveles. En la práctica, en muchos países las cosas son de otra manera.

Existe una constitución política, no siempre redactada de manera representativa, que determina globalmente la función de la educación en la sociedad. Luego, los gobiernos nacionales y/o regionales se apoyan en equipos de especialistas y técnicos que elaboran y re-elaboran un currículum general, donde se establece, entre otras cosas, los fines y los objetivos del sistema educativo. En un nivel de concreción mayor, las instituciones formadoras adaptan este currículum general a sus necesidades particulares.

Finalmente, los docentes se encargan de concretarlo en su actividad con los estudiantes. el aprendizaje. Los fines del sistema educativo que determinan los gobiernos, sobre la base del trabajo realizado por especialistas, suelen tomar en cuenta lineamientos generales definidos por instancias supranacionales. Consideremos aquello que se describe en dos de estas instancias, particularmente relevantes en el concierto de la educación. En 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la declaración Universal de los Derechos Humanos. Esta declaración, en su artículo 26.2, proclama: “La educación debe tender al pleno desarrollo de la personalidad humana y al refuerzo del respeto de los Derechos Humanos y de las libertades fundamentales. Debe favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos sociales o religiosos, y la difusión de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz” Por su parte, en el informe de la UNESCO presidido por J. Delors (1996) se afirma que “la finalidad principal de la educación es el pleno desarrollo del ser humano en su dimensión social. Se define como vehículo de las culturas y los valores, como construcción de un espacio de socialización y como crisol de un proyecto común”. En “La educación o la utopía necesaria”, J. Delors, afirma que “la educación tiene la misión de permitir a todos, sin excepción, hacer fructificar sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica que cada uno pueda responsabilizarse por sí mismo y realizar su propio proyecto personal”.

El gran problema es que existe una enorme brecha entre aquello que se declara en el papel, como los fines que orientan e inspiran a la educación, y lo que sucede en la práctica: los fines que determinan, en términos reales, la estructura de funcionamiento del sistema educativo. Es completamente lógico que ocurra de esta forma, por la manera en que están planteadas las cosas en un contexto general. La educación, no se desarrolla en abstracto. Depende del tipo de sociedad donde está inserta. Actualmente, las sociedades de los diferentes países en, prácticamente, todo el mundo son interdependientes unas de otras. La economía, en un determinado país, está sujeta al funcionamiento de un mercado global, cuya regulación no depende ni de la política, ni de las leyes que se establecen en ese país.

Por el contrario, la política y las leyes que se establecen en un determinado país intentan satisfacer las supuestas “demandas” de un mercado que no se maneja por la voluntad ciudadana, sino por poderes económicos y financieros transnacionales. Basta observar, por ejemplo, cuando hay elecciones presidenciales, cómo los medios de comunicación, que en su mayoría también están manejados por poderosos grupos económicos, inciden en la opinión pública, evaluando a determinados candidatos por la “manera en que reaccionarán los mercados” si el candidato sale electo. O cómo un conjunto de leyes son promulgadas localmente a través de criterios estandarizados internacionalmente e incluso sobre la base de documentos que ya vienen redactados, por la presión que ejercen empresas transnacionales de manera directa o a través de la acción de otros gobiernos. Por ejemplo, leyes de propiedad intelectual que defienden los intereses de laboratorios farmacéuticos, casas discográficas, empresas de software, etc. Cuando en una sociedad la política, que es la actividad mediante la cual se resuelven las necesidades que plantea la convivencia colectiva, es despojada del poder para elegir los fines de aquella convivencia colectiva, se convierte en un mero trámite que, en el mejor de los casos, sirve para determinar quién administra un sistema de relaciones sociales y productivas ya definido. Se trata de nuestras democracias formales, a través de las cuales, cada cierto tiempo, la gente tiene la posibilidad de votar, sabiendo que su participación no incidirá en nada importante. En una sociedad donde la participación ciudadana es una formalidad, los fines de la educación también están determinados de antemano.

Los verdaderos fines no son los que redactan los especialistas en educación de la UNESCO, de la ONU o de los gobiernos locales, sino aquellos que impone un mercado sin rostro, cuyo funcionamiento, aparentemente, depende de una “mano invisible”. Para algunos, esta mano invisible es la ley de la selección natural, para otros, los más religiosos, es la mano de Dios. Lo que jamás se acepta es que este mercado se encuentra profundamente condicionado por la intencionalidad y por los intereses de los grupos que manejan el poder económico y financiero, tanto de manera local, como globalmente. el aprendizaje  

La principal finalidad de la educación está concebida, en nuestro sistema educativo actual, para preparar mano de obra para incorporarla al mercado productivo. Esta finalidad, será asumida desde diferentes puntos de vista: para los empresarios, la educación deberá formar trabajadores, no sólo eficientes, sino también creativos, innovadores y con “valores”: que no sean conflictivos, que defiendan la propiedad privada, que crean en la democracia formal, que sean buenos consumidores y que sepan endeudarse; que tengan la capacidad de trabajar en equipo, pero al mismo tiempo y ante todo, que sean competitivos e individualistas. Si queremos una educación que este al servicio de la libertad, del desarrollo y del bienestar del ser humano y no en función de los intereses de los grupos de poder que manejan la economía, necesitamos que los fines de la educación estén en manos de la gente, de los ciudadanos.

Necesitamos que, en términos sociales y políticos, la reflexión en torno a los fines de la educación exista; que no sea algo que se da por hecho o que se cree que es materia de los especialistas. Los especialistas están para orientar los procesos, para iluminarlos, para darles forma, para traducir su conocimiento en un lenguaje comprensible y universal, no para ser parte de una maquinaria que ha arrebatado el sentido y la dirección de dichos procesos de las manos de la gente.


Autor
Marcelo Rioseco Pais
DE LA DOMESTICACIÓN A UNA EVALUACIÓN LIBERTARIA
Reflexiones en torno a la evaluación educativa
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