domingo, 20 de noviembre de 2016

¿Quién aprende?

¿Quién aprende? Todos los seres humanos, desde el momento en que nacemos hasta que morimos, nos encontramos, sin interrupción, en un proceso de aprendizaje. Pero no solamente eso. También las organizaciones humanas aprenden, en conjunto, con los sujetos que las intervienen.


En rigor, son los seres humanos que manejan y participan de dichas organizaciones quienes aprenden, sin embargo, se trata de un aprendizaje “transpersonal”, es decir, que trasciende a los individuos que conforman la organización. Por supuesto, que este fenómeno se extiende hasta las sociedades y es la base de lo que constituye la “historicidad” de nuestra especie. El lenguaje, la ciencia, la capacidad de calcular y de predecir muchos de los comportamientos de la naturaleza y del cosmos, son parte de los aprendizajes que el ser humano ha ido acumulando y transmitiendo de generación en generación. Existe, por tanto, además de un aprendizaje individual, uno social e histórico, así como también, uno organizacional.

En la educación formal, quien, se supone, que aprende es el estudiante. El currículum explícito está elaborado para orientar la actividad académica, determinando objetivos o competencias, contenidos, actividades y procedimientos de evaluación, con el propósito de fomentar o producir el aprendizaje en los estudiantes. Sin embargo, en el proceso de enseñanza que se dispone el aprendizaje para los estudiantes, aprende, también, el docente, quien coordina y organiza el trabajo del docente e, incluso, la institución educativa.

Todos los actores que participan en la formación de los estudiantes, aprenden. Es más: no pueden dejar de aprender, porque, permanentemente, necesitan dar respuestas a la situación que les toca vivir, para conseguir adaptarse, poniendo a prueba su experiencia, su conocimiento, sus capacidades y, en resumen, las posibilidades que tienen a la mano. ¿En función de qué? De alcanzar determinados fines, objetivos o propósitos, personales y colectivos, asumidos de manera auténtica o hipócrita, por convicción propia o por imposición y temor.

Veamos esto en términos prácticos. Hemos dicho que una profesora o un profesor aprende, cuando ejerce como tal. ¿Qué es lo que aprende? A desempeñar su rol, a relacionarse con los estudiantes, a tratar con los apoderados – en el caso de la escuela –, a entregar información del proceso en las instancias de coordinación académica. Se da por descontado, que puede, también, perfeccionarse y seguir estudiando. Nos estamos refiriendo al aprendizaje que adquiere al desempeñar su trabajo, considerando que, para el docente, impartir clases es un empleo remunerado. Si el trabajo le interesa o lo necesita, tendrá que aprender a mantenerse en él, cumpliendo aquello que le piden las personas que deciden su permanencia. Si, por ejemplo, se trata de una institución educativa cuya prioridad es obtener buenos resultados en pruebas estandarizadas, la profesora o el profesor tendrá que asumir esta finalidad como propia, aún cuando su formación pedagógica y sus ideas en torno al aprendizaje de sus estudiantes, digan algo diferente. Por su puesto, que el aprendizaje del docente es dinámico y se irá transformando a medida que cambie su entorno, sus necesidades y sus aspiraciones. ¿No es, acaso, fundamental, para el proceso educativo que se desarrolla con los estudiantes el aprendizaje que va adquiriendo el docente, como persona y como profesional?

Cuando este aprendizaje no es explícito, ni reflexivo; cuando sus fines no son auténticos, cuando no tiene sentido, se tratará, sencillamente, de una adaptación alienante, que arrebata la libertad y, en último término, la humanidad de quien pretende enseñar. Cuando tenemos profesoras y profesores a los cuales se les ha arrebatado su dignidad y su humanidad, ¿qué se puede esperar en relación al aprendizaje de sus estudiantes? Lo mismo ocurre con todos los demás actores que participan del proceso de enseñanza-aprendizaje, incluyendo la institución educativa. ¿Qué aprenden las instituciones educativas? Entre otras cosas, aprenden a organizarse para funcionar, a conseguir recursos para subsistir o para crecer y expandirse, a tratar los conflictos de intereses que se presentan internamente, a mostrarse a la comunidad y al medio social, a responder a las exigencias que realizan aquellos actores de los que depende su viabilidad.

A modo de ejemplo, tomemos en consideración, parte de la evaluación que realiza Juan Carlos Tedesco (2000) en relación a los dilemas de la Educación Secundaria en América Latina: Las nuevas propuestas curriculares se enfrentan, en consecuencia, con un escenario complejo tanto desde el punto de vista socio-económico como cultural. Educarse no garantiza una inserción social con perspectivas de movilidad social ni tampoco permite el acceso a los universos simbólicos prestigiosos en la cultura juvenil dominante.

Frente a las posibilidades de socialización que ofrece la escuela, se desarrollan opciones que asumen en muchos casos un contenido claramente alternativo. Buena parte de la sociología de la cultura juvenil alude al fenómeno de las bandas, las “tribus” o formas semejantes de asociación, donde se construye una identidad que se caracteriza por su oposición - a veces violenta - a las instituciones del sistema. ¿Cómo puede abordar una determinada escuela el problema que tiene con el fenómeno de las bandas o “tribus”, como instancias alternativas de socialización, donde se construye una identidad que choca con las instituciones del sistema? Dependerá de muchos factores: organización y capacidades internas, disponibilidad de recursos, creencias religiosas o políticas de sus líderes y de sus propietarios,- si es que los tiene -, etc.

En contextos marginales, donde la escuela, a pesar de no constituir ninguna garantía de inserción social, exige tiempo, recursos, dedicación y “sacrificios” de distinta naturaleza y, además, es obligatoria, desde el comienzo se habrá de configurar como un espacio cómplice de la violencia, de la desigualdad y del abuso que existe en la sociedad. En el caso de Chile, por ejemplo, las posibilidades de movilidad social que posee un estudiante que nace en una familia escasos recursos, son prácticamente nulas. Después de doce años de escolaridad en establecimientos municipales podrá acceder a trabajos remunerados con el salario mínimo, cumpliendo jornadas de 44 horas a la semana. Obviamente, esta situación determinara a que tenga que seguir viviendo en una condición de pobreza económica y, casi con seguridad, de marginalidad social. Algunas escuelas, podrán afrontar este problema disminuyendo, al máximo, sus exigencias académicas, tratando de no “molestar” demasiado a sus estudiantes ni a sus familias.

Otras, en cambio, seguirán un camino inverso: tratarán de recuperar el valor de las calificaciones y credenciales que entregan a sus estudiantes, imponiendo normas y, si es que tienen la posibilidad, seleccionando a sus alumnos. Por lo tanto, las instituciones educativas necesitan generar respuestas, como organizaciones, en función de los contextos donde se encuentran. Se trata de un proceso de aprendizaje y adaptación que, al igual que en el caso de los sujetos, es dinámico. La manera en que la institución educativa aprende también determina, en términos sustantivos, el aprendizaje que van adquiriendo los estudiantes.

Cabe la pregunta, ¿por qué razón se considera que en la escuela, institutos y universidades sólo aprenden los estudiantes? ¿Por qué es el actor principal, para quién ha sido elaborado el proceso? Seguramente este factor incide, pero no alcanza a explicar por qué seguimos teniendo una visión tan reducida del aprendizaje y de la evaluación. Es probable que la idea de que en una institución  educativa todos aprenden y de que, por lo tanto, es necesario que este aprendizaje sea consciente, intencionado, reflexivo y participativo, para beneficiar a todos y cada uno de los integrantes del sistema, no encaje bien en el paradigma mercantilista que hoy en día tiene capturada a la educación. Definitivamente, es más sencillo aplicar el modelo de negocio a las estructuras jerárquicas que existen en la actualidad, donde se distingue un servicio que alguien utiliza, alguien paga por él, hay un prestador, un cliente y empleados que hacen el trabajo de enseñar.



Autor
Marcelo Rioseco Pais
DE LA DOMESTICACIÓN A UNA EVALUACIÓN LIBERTARIA
Reflexiones en torno a la evaluación educativa
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