lunes, 27 de mayo de 2013

Sentimientos y evaluación escolar

¿Para qué sirve la escuela? ¿Qué pueden encontrar un alumno en ella? ¿Cuidamos la inteligencia emocional? ¿La tenemos en cuenta al evaluar? ¿Utilizamos las herramientas adecuadas?



Raras veces nos preguntamos por los sentimientos de los demás. En la escuela sólo hay espacios y tiempos para la cultura, el saber. Cuando nuestros hijos llegan del colegio, nosotros y nosotras preguntamos: ¿Qué has aprendido? Pero casi nunca: ¿Te lo has pasado bien? Como si fuéramos a clase sólo para aprender conocimientos teóricos y no importara hacer amigos y/o ser feliz.

Howard Gardner es un eminente y prestigioso profesor de cognición y educación que allá por los años ochenta formuló una novedosa teoría. Gardner estableció ocho tipos diferentes de inteligencia. Éstas son: inteligencia lingüística, lógico-matemática, visoespacial, para el medio ambiente, musical, kinestésico-corporal, inteligencia interpersonal y la intrapersonal. La inteligencia interpersonal hace referencia a las capacidades de un individuo para relacionarse con los demás. La inteligencia intrapersonal está referida a la habilidad de una persona para relacionarse consigo misma, es decir, la relación de estima y conocimiento que tiene sobre sí misma. Esto quiere decir que alguien puede ser un excelente escritor (inteligencia lingüística) y sin embargo, un mediocre matemático (inteligencia lógico matemática); o que alguien tenga una habilidad excepcional para comunicarse con los demás (inteligencia interpersonal) y, sin embargo, sea una persona acomplejada (inteligencia intrapersonal).

Años más tarde a la formulación teórica de Gardner, apareció un libro titulado "Inteligencia emocional". Su autor, Daniel Goleman, recogía en un apartado las inteligencias interpersonal e intrapersonal como una sola llamada: inteligencia emocional. Este autor considera que para triunfar en la vida es necesario tener desarrollada tal inteligencia. Hoy en día, cada vez más, vamos adquiriendo conciencia de su importancia. Por ejemplo, podría ser que un chico fuera excepcional en la escuela, es decir, que obtuviera excelentes calificaciones, pero. ¿Sabemos que será feliz? ¿Qué será capaz de no frustrarse ante un no como respuesta? ¿Qué sabrá decir que no cuando algo no le parezca adecuado? ¿Sabemos si se aceptará a sí mismo o estará acomplejado porque su físico no coincida con los patrones establecidos por el mundo de la moda y la belleza? ¿Sabemos que se querrá a sí mismo o se autodestruirá con críticas culpabilizadoras cada vez que le ocurra algo?

Todo lo expuesto viene a colación porque actuamos como si no fueran importantes las emociones, las sensaciones. Como si fuera suficiente con ignorarlas y apartarlas de los centros educativos para que no estén.

Una vez conscientes de su relevancia llegaríamos a un segundo paso: enseñar a reconocer y organizar las emociones. Si no tenemos en cuenta los sentimientos de nuestros alumnos en los procesos educativos no estaremos fomentando el desarrollo emocional de los estudiantes. Es la evaluación la que más sentimientos negativos desencadena al respecto.

Se evalúa sin valorar qué siente nuestro alumno. Emociones como la indefensión, miedo a suspender o la propia valoración que hace el individuo a raíz de la evaluación son sólo algunos de ellos.

El alumno se siente indefenso cuando no tiene otra alternativa. No se le ofrecen varias posibilidades para evaluar su aprendizaje. Sólo una y en ella se lo juega todo. El instrumento utilizado es siempre un examen. Se usa para valorar los aprendizajes de veinticinco personas diferentes, veinticinco contextos diferentes, veinticinco tipos de inteligencias, veinticinco capacidades y actitudes diferentes. Un único elemento evaluador. Es como si existiera una única talla de ropa sin tener en cuenta que hay personas bajas, altas, gruesas, delgadas, alérgicas a ciertos tejidos, etc.

El sentimiento de indefensión está unido a la autoridad que el docente ejerce en el aula. Si es dictatorial, arbitraria e injusta, aumentará la sensación de no estar protegido. Muchas veces, se utiliza la evaluación como elemento de poder al servicio de los docentes que no tienen otra forma de hacerse respetar por sí mismos. Cuando un docente es amado y querido por sus alumnos, el ambiente de clase mejora, porque el estudiante se siente evaluado de forma integral, más justa. Este tipo de evaluación no producirá los mismos efectos.

Pero no es el único sentimiento nefasto que provoca. El suspenso también es mal utilizado al servicio de la evaluación y sus consecuencias hay que sopesarlas tranquilamente. El suspenso es un castigo. Los padres del alumno le regañarán, sus profesores lo valorarán de forma diferente, sus propios compañeros de clase pueden apartarlo del grupo. Suspender tiene consecuencias aciagas para el niño. Es un fracaso. Se siente miedo a ser separado del grupo si repites, a ser etiquetado como "menos listo".

Claro, sería asombroso que después de lo anteriormente expuesto el estudiante no varíe el concepto que tiene de sí mismo. Cada uno de nosotros nos formamos unas expectativas sobre lo que somos capaces de hacer. Si la familia y/o la escuela proyecta o deja entrever que no lo ven capacitado para algo, nunca lo hará.

A base de años vamos introduciendo, formando en el alumno una falsa visión de lo que es y a lo que puede aspirar. Es en estos casos cuando la evaluación degrada el propio concepto del individuo. Sin embargo, actúa como reforzador de la autoestima cuando el alumno triunfa en la escuela.

Conclusión
Muchas veces, las familias y las escuelas vivimos obsesionadas por los resultados que obtienen nuestros hijos y alumnos. Sin embargo, debemos preguntarnos para qué evaluamos, qué pretendemos valorar. Si la respuesta es sólo los conocimientos, si el valor de la educación es moneda de uso y cambio (Santos Guerra), es decir, yo estudio unos determinados contenidos y me dais un título, es posible y repito, sólo posible que estemos utilizando el instrumento adecuado. Si, por el contrario, la respuesta es el desarrollo integral de los individuos, debemos pensar sobre la importancia de que nuestros alumnos e hijos sean personas saludables y felices, debemos pensar sobre el modo de llevarlo a cabo, y por supuesto, el modo de valorar todos estos aprendizajes.
Una forma de mejorar sus sentimientos positivos en la evaluación es cambiando el papel tan pasivo que tienen, como por ejemplo, elegir democráticamente varias posibilidades de llevarla a cabo (adaptada a la edad de nuestros alumnos) y también valorar otros puntos como la situación familiar y social del alumno, sus intereses, etc.

No olvidemos que un ser humano feliz en su entorno, a gusto consigo mismo, no cargará con lastres psicológicos (complejos, traumas) que sean un impedimento para desarrollar su potencial a lo largo de su vida.

"Muchas veces, se utiliza la evaluación como elemento de poder al servicio de los docentes que no tienen otra forma de hacerse respetar por sí mismos. Cuando un docente es amado y querido por sus alumnos, el ambiente de clase mejora, porque el estudiante se siente evaluado de forma integral, más justa. Este tipo de evaluación no producirá los mismos efectos".

"A base de años vamos formando en el alumno una falsa visión de lo que es y a lo que puede aspirar. Es en estos casos cuando la evaluación degrada el propio concepto del individuo".

"El suspenso es un castigo. Los padres del alumno le regañarán, sus profesores lo valorarán de forma diferente, sus propios compañeros de clase pueden apartarlo del grupo".



Autora
Juana Muñoz Ruiz
Pedagoga
Fuente
Revista CEAPA
Número 86.

2 comentarios:

Lola Kabuki dijo...

Yo siempre he pensado que no es lo mismo estudiar que aprender. Nos educan para que estudiemos y aprobemos exámenes, pero de todo esto se aprende muy poco, la verdad. Buen post!

Efrèn Gonzalez dijo...

A todo esto le sumas los niños o estudiantes con un TDA o TDAH y ya no te queda tiempo para sacudirte las pulgtas. Un saludo

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