viernes, 9 de septiembre de 2016

LAS PRUEBAS ESTANDARIZADAS, OTRO MITO DEL PROCESO DE LA REFORMA EDUCATIVA

 Hace muchos años que venimos analizando las políticas que se van implementando con la llamada reforma educativa, y hemos visto, dicho y caracterizado el sesgo privatizador del proceso, por lo menos en dos sentidos. Uno, el negocio con la educación que realizan las corporaciones empresariales, vía fundaciones. Dos, el control de las políticas educativas a través de ong,s y universidades privadas que responden al mandato corporativo y, por supuesto, participan de las ganancias del proceso de reforma.

Hemos señalado el debilitamiento, cada vez más intenso en lo que respecta al universo público de la educación, producto de las “recomendaciones” realizadas por los organismos internacionales y sus informes producidos por sus teóricos y técnicos desde hace más de 25 años.
De hecho el proceso de reforma es la reforma. Infinitas “capacitaciones” a docentes, a directivos, pruebas estandarizadas, ya aplicadas a docentes en México y Chile para medir el desempeño y precarizar aún más su trabajo o sacarlo del sistema. Los salarios docentes atados a incentivos que tienen que ver con las capacitaciones y, por supuesto, la productividad, a estándares de calidad jamás explicados y mucho menos argumentados.
Un breve paseo por la desertificación discursiva que aparece en algunos textos en la página del Ministerio de Educación de Chile da cuenta de los estatutos de presión que recae sobre los docentes desde el Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas (CPEIP)
El objetivo del Sistema de Desarrollo Profesional Docente es reconocer que la docencia es una profesión y un ejercicio complejo, y por lo tanto requiere de apoyos situados y pertinentes a cada realidad. Para esto crea dos derechos: a la inducción en los primeros años de ejercicio y a la formación continua a lo largo de toda la vida profesional, de manera situada en la escuela”, destacó el director del CPEIP, profesor Jaime Veas. (…) El director del CPEIP destacó todo el trabajo que se está realizando en este ámbito, que también contempla la elaboración de estándares disciplinarios y pedagógicos para la Formación Inicial Docente (FID), los cuales se vincularán con las evaluaciones diagnósticas y a su vez con el Marco para la Buena Enseñanza (MBE), el cual se encuentra en proceso de actualización. Ambos instrumentos deberán estar aprobados por el Consejo Nacional de Educación (CNED) en un plazo de dos años.
La Ley 20.903 aborda múltiples dimensiones, desde la formación inicial docente en adelante” señaló el profesor Veas, quien destacó que cada seis años la implementación de este sistema debe ser evaluada por un organismo internacional; “esta ley tiene alojada en su interior la lógica de la mejora continua”, indicó.
En promedio, remuneraciones aumentarán en 30% para las educadoras y profesores que ingresen al Sistema de Desarrollo Profesional, pudiendo incluso llegar a duplicar sueldos actuales de acuerdo al tramo de desarrollo alcanzado.
Además de apoyo formativo preferencial, se crea una asignación que permitirá aumentar hasta en cerca de $300 mil las remuneraciones de los profesores que hayan alcanzado los más altos niveles de desarrollo dentro de la carrera y que trabajen en establecimientos de alta concentración de alumnos prioritarios.”1
Esta lógica de premios y castigos que desde los inicios de la reforma funciona como herramienta de presión en múltiples sentidos afectando directamente la subjetividad, se perfecciona tras la máscara de la profesionalización. El ejemplo de Chile y la promoción de su sistema de profesionalización muestra como “derechos” lo que en realidad son obligaciones, esta es una práctica discursiva muy generalizada en los documentos de la reforma: la carnavalización, el disfraz. Presentar una obligación como si fuera un derecho.
Por supuesto que esos “derechos” luego serán medidos por “estándares disciplinarios y pedagógicos”, “evaluaciones diagnósticas” y el monitoreo al funcionamiento: “la evaluación del sistema a cargo de un organismo internacional”. Aunque ya sabemos que si el monitoreo internacional es negativo, también los resultados recaerán sobre los docentes.
Los últimos dos textos privilegian los “incentivos” y como no puede ser de otra manera el ranking.
El proceso de reforma educativa no es más, ni es menos, que la expresión de una reforma económica que instala a la educación como mercancía dentro del mercado global; esta mercancía está valuada en miles de millones de dólares como ya lo hemos descripto y analizado en otros trabajos.
El eslogan constante de la “crisis educativa”, repetido hasta el hartazgo, nos lleva a pensar, en una primera aproximación, que los que impulsan el proceso de reforma, por lo menos desde la firma del documento de Jomtien, Tailandia, “Educación para Todos”, han fracasado en su intento de hacer una educación de “calidad”, sin embargo, contrariamente, insisten en seguir aplicando las mismas herramientas y las mismas recetas, que utilizando su propios calificativos, devienen obsoletas.
Tal vez hemos llegado al momento en que las estrategias, las herramientas y las “recomendaciones” del proceso de reforma educativa de fracaso en fracaso, para lograr sus objetivos, hayan devenido obsoletos.
Tal vez hayan sido obsoletos desde su propio nacimiento, tal vez sea porque no se trataba de una transformación en la educación, que probablemente necesitaba de adecuaciones, pero pedagógicas, didácticas, de contenidos; pero bajo la máscara de las sustituciones en los diseños curriculares, los contenidos se diluyeron. La celebrada educación por competencias sustituyó la educación en saberes (que, seguramente, deberían ser revisados).
No se recurrió a la potencia de los maestros y profesores, no. Muy por el contrario se los destrató, se los calificó de poco “motivados” y poco “capacitados”, se les puso el estigma de ser los responsables de la “crisis” y de los “malos” resultados del “avance” del proceso de reforma. También, hoy continúa ese discurso agresivo de la “resistencia al cambio”.
Los estudiantes, críticos del proceso reformista, se manifestaron en muchas oportunidades y lo siguen haciendo, enfrentando desde los dispositivos represivos (Chile), hasta las desapariciones de Ayotzinapa, así como los docentes asesinados, víctimas de la represión estatal (México).
Todo en un solo ademán de la mirada economicista de la educación.
Al principio de este artículo, hablamos del sesgo privatizador del proceso de reforma en dos sentidos que se complementan: negocio y control.
Brevemente, todo discurso sobre educación hace foco en la cuestión de la calidad, curiosamente, nunca se conceptualizó calidad: ¿qué es la calidad en educación para los reformadores?
Entonces, la calidad es algo medible por las pruebas estandarizadas, los resultados que supuestamente permitirían monitorear y producir políticas. Y qué políticas fueron las que darían más “calidad” al sistema: 180 (o más) días de clase; promocionar más la jornada extendida para que los estudiantes estén más tiempo en la escuela (y la entrada sesgada de fundaciones y ong’s en las escuelas gracias a la extensión); monitoreo sobre la gestión de los equipos directivos, capacitación permanente y descentralización pero con centralización de las pruebas estandarizadas, nacionales e internacionales.
Para este proceso de reforma la calidad de la educación es el resultado de las pruebas (por supuesto que, además, es un negocio millonario). Pero ese modelo sigue desde hace años mostrando decadencia o, en el mejor de los casos estancamiento tanto para los países de la región como para los Estados Unidos.
Simplemente y como anécdota, Finlandia ha sido puesto como faro por sus resultados en las pruebas internacionales PISA, lo curioso es que después de haber sido el primero en 2000, 2003, 2006, los países asiáticos hoy lideran el ranking del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA). Esta prueba establecida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)  es uno de los instrumentos centrales del proceso de reforma educativa.
En sintonía, también existe la rankeadora de universidades, la corporación QS que según sus propias mediciones establece cuáles son las universidades a nivel mundial de mayor calidad, sin distinción entre públicas y privadas, por supuesto que en los primeros puestos aparecen las de Estados Unidos y se alternan con algunas del Reino Unido (también depende de lo que pagan por este servicio).
Hablando de ranking, para Estados Unidos los resultados de las pruebas PISA 2012 fueron Matemáticas, puesto 36; Ciencias, 28 y Habilidad Lectora, 24. Aquí vale una pregunta: ¿Es creíble que sus universidades sean las de mayor calidad en el mundo? ¿O hubo fallas en las mediciones? ¿O todavía no sabemos que es calidad? ¿O algunos de los rankings mienten?
Es necesario hacer una cita de autoridad, en este punto, sobre las evaluaciones estandarizadas. Robert Glaser, sicólogo estadunidense, uno de los creadores de las pruebas estandarizadas, afirmó que “éstas no miden lo que los alumnos saben, sino la capacidad de recordar procedimientos, o reconocer un resultado cuando se les presentan opciones múltiples2. No hay demasiado para agregar. Sólo resaltar lo que dijo uno de sus creadores: “estas (las pruebas estandarizadas) no miden lo que los alumnos saben
Sin embargo, continúan siendo los vectores de la reforma, pero lo que hay que señalar ahora es que estamos frente a políticas que tienen que ver con la reforma de gestión pero difícilmente con la educación.
Políticas que no se cuestionan el sistema, sino que son instrumentos de presión sobre el último eslabón del sistema, la escuela.
Políticas de gestión y medición que ya deberían haberse desechado por ineficaces para la educación. Sólo eficientes para los intereses de los reformadores: políticos, funcionarios y sindicalistas que desde los comienzos del proceso de reforma le entregaron la educación a los economistas instrumentales del mercado, que intentan convertir la educación en una disciplina del pragmatismo al servicio de la corporación empresarial para optimizar ganancias y aumentarlas aún más con la educación como mercancía.
Así que para finalizar, podemos arriesgar, sin temor a equivocarnos que el Operativo Aprender 16 es otro instrumento fallido para la educación, más allá de los resultados que arroje, sólo será otro instrumento más de presión para los fines reformistas, pero no para educación.
Para pensar la educación están, la filosofía, la pedagogía, la psicología y la sociología, apoyándose en la historia y en la antropología; por fuera de los enfoques instrumentales y de las evaluaciones estandarizadas. Pensar la educación desde el enfoque economicista-corporativo es, de alguna manera, incluirla entre las políticas extractivas, una especie de monsantización, de monocultivo desertificante. El monoaprendizaje que incluye los resultados, como el paquete de semillas transgénicas que incluye el letal químico que desertifica e impermeabiliza la tierra, le extrae la actualización de sus nutrientes con su producción sistémica; será la instrucción del futuro, pero no la educación que necesitamos para transformar el mundo.
Los tiempos del pensamiento no son los tiempos de la transacción, los tiempos de la pedagogía no son los tiempos de la estandarización evaluatoria.
Habrá colecciones de “instruidos” que estarán en estado de capacitación permanente para seguir siendo utilizados como recurso humano de un mundo que no diseñaron, y mucho menos pensaron. Como en las pruebas estandarizadas, más específicamente en el Operativo Aprender 16, donde los docentes son “aplicadores” y los directivos, “verificadores” de un instrumento que ni pensaron, ni diseñaron y lo peor, que además es tan secreto como el contrato entre YPF y la transnacional Chevron.
El extractivismo educativo llegó de la mano de la reforma. Muchos pensamos que otro mundo mejor no sólo es posible, sino necesario, pero para ello necesitamos de la educación en sentido social, no instrucción instrumental.
En Argentina a mediados del siglo XIX se había instalado la polémica que proponía la instrucción para las clases más humildes y la educación para las élites adineradas, modelo conceptual que sobrevive en la estructura educativa, y que es preciso superar porque en el pensamiento de la reforma está su profundización.

Autor


DARÍO BALVIDARES

domingo, 7 de agosto de 2016

EVALUACIÓN: UNA AGENDA DE DIÁLOGO PARA LA AUTONOMÍA, LA SOLIDARIDAD Y LA COLECTIVIDAD

Para contribuir a la construcción del proyecto de educación democrática que impulsa la CNTE y los maestros que se oponen a la evaluación punitiva y estandarizada, planteo nueve ejes de discusión que emergen de la necesidad de evaluar críticamente, analizados desde mi experiencia como educador popular en las zonas rurales y urbano marginales de Tierra Caliente en el Estado de Michoacán, pero que están sujetos a diálogo y negociación pedagógica con las múltiples miradas de mis compañeros en cada una de sus geografías y latitudes culturales.

1) EVALUAR DESDE Y PARA LA AUTONOMÍA. Una evaluación para la autonomía se impulsa desde nuestra condición cultural, desde nuestra geografía y situación social, no puede ser externa o desde la heteronomía,  necesariamente es parte de la reflexión sobre lo que consciente y colectivamente se quiere alcanzar a través de los proyectos educativos. Si pensamos evaluar para la autonomía y la independencia cognitiva,  no para el control social, entonces  la comunidad escolar se  autoevalúa por medios horizontales y dialógicos,  desde la crítica y la autocrítica, nunca de forma vertical.
2)  EVALUAR DESDE LA COLECTIVIDAD. La evaluación debe ser un acto colectivo e incluyente, de ningún modo individualista, porque la educación no es un hecho aislado, en él intervienen múltiples actores, por tanto evaluar es responsabilidad de la comunidad escolar, así como lo son los procesos pedagógicos, sus resultados y las  acciones para transformar y transformarse, mejorar y mejorarse.
3) EVALUACIÓN FORMATIVA. El objetivo de evaluar debe ser formativo y propositivo, considerar sólo las debilidades de las personas es una cuestión tendenciosamente parcial si no se toman en cuenta sus fortalezas, las cosas que se hacen bien; ambas configuran las potencialidades, posibilidades y prospectivas que deben conducirnos al avance de la educación, no al retroceso, al estancamiento y  las denostaciones.
La evaluación formativa no se centra en panoramas fatalistas, en culpables y componentes punitivos, es investigación que propone, transforma y construye nuevas realidades y conocimientos.
4) EVALUACIÓN INTEGRADORA. Evaluar no es una acción clasificadora, ni selectiva, mucho menos excluyente; por el contrario, debe procurar el avance homogéneo de la comunidad de aprendizajes, el involucramiento de todos en las tareas pedagógicas y la toma de decisiones. Si un miembro de la comunidad escolar queda rezagado, entonces no se ha completado el objetivo del aprendizaje y por lo tanto hay que buscar nuevas estrategias para hacerlo.
5) EVALUAR ES UN MEDIO NO UN FIN. Las evaluaciones y sus instrumentos se han fetichizado, se han presentado como la teleología de la educación, el momento último, lo cual constituye en grave error.  Evaluar es un medio para diagnosticar y proponer, para saber  hasta dónde se ha avanzado en lo que una comunidad escolar se ha trazado como horizonte: los perfiles de sociedad y del alumno, los fines de la educación o del proyecto escolar, entonces se discuten estos horizontes y rediseñan la formas de alcanzarlos, no si se cumplió o no con el instrumento evaluador.
 6) EVALUAR ES UN PROCESO NO UN MOMENTO AISLADO. Se han evaluado sólo los resultados de la educación, como algo fragmentado, al final de un ciclo escolar o una parte de él y en un momento estático; pero no puede ser así, educar es un proceso y como tal deberá evaluarse, es decir, de forma continua, en diferentes momentos, dependiendo de la lógica interna de cada proyecto o de cada unidad pedagógica, ellos tienen su tiempo y su ritmo, que no dependen de un bimestre o cualquier otro periodo cronológico del ciclo escolar.
Evaluar no es una perspectiva parcial de los procesos ni de las personas, es articular una visión integradora de las fases cognitivas, etapas de desarrollo de los proyectos y del conjunto de actores educativos, sólo de ese modo tendremos conciencia de la complejidad que implica y de la diversidad de formas que se requiere hacerlo.
7) EVALUAR COMO ACTO CREATIVO. Para alumnos y profesores la evaluación se ha convertido en un momento de tensión, de intimidación y hasta de manipulación, desvirtuando por completo su esencia. Evaluar debe ser un acto creativo, que genere interés y motivación, porque se sabe que de ello depende nuestra formación y nuestros objetivos como comunidad de aprendizajes, en consecuencia no deberá hacerse por obligación o imposición.
Como acto creativo, la forma, los medios y los instrumentos deberán ser más que memorísticos, los exámenes son totalmente insuficientes e incluso limitan el potencial de los evaluados a unas cuantas habilidades del ser humano. Para evaluar deberá echarse mano de la demostración de  proyectos, la puesta en escena de obras teatrales, danzas, museos de aula, la organización de ferias de ciencia y presentación de obras literarias, foros comunitarios, concursos de oratoria y eventos deportivos, elaboración de videos, sistematizaciones de experiencias, diarios pedagógicos; es decir, de todas las posibilidades didácticas que atiendan la diversidad cognitiva y cultural.
8) EVALUACIÓN COMO UN ACTO DE SOLIDARIDAD. Evaluar para competir, para estar en el cuadro de honor, para obtener una plusvalía de mi trabajo o mis estudios, para ser más que los otros, son ideas que están en el ambiente educativo, pero que degeneran la evaluación como un acto de entera solidaridad en el que se tienen objetivos comunes que alcanzar, posibles sólo  en la cooperación mutua; en este sentido, habría que recuperar su esencia social.
No debemos perder de vista que la evaluación debe ser pertinente para quien participa (significativa para él y no sólo para quien evalúa) y relevante para la comunidad, es en el espacio comunitario donde finalmente sabremos si la educación tuvo algún impacto o no, las aulas  y contenidos programáticos no son el fin, sino el medio para contribuir a  la construcción de una mejor sociedad y un mejor mundo.
9) LA METAEVALUACIÓN. Estamos claros en que deben evaluarse los procesos, los aprendizajes, los proyectos, las instituciones, el currículo y las personas, pero más allá de eso implica tomar conciencia plena de nuestros actos: ¿Cómo aprendo? ¿Cuáles son las teorías  pedagógicas que orientan mi práctica? ¿Qué estrategias se están utilizando para mi aprendizaje? ¿Cuáles son los fines de la educación que imparto o se me imparten? ¿Por qué aprendo esto y no lo otro? ¿Quién evalúa y para qué? ¿A favor de qué o de quién está la educación?; de esa forma dejamos de ser personas alienadas, dependientes y pasamos a ser sujetos consientes del currículo, de las prácticas pedagógicas y los proyectos sociales de la educación.
Estoy seguro que en cada propuesta que viene desde abajo, de los maestros y maestras que cotidianamente viven la sublime tarea de enseñar y aprender hay una verdad distribuida, que solo nos hará libres en la medida en que no estamos sujetos a los modelos impuestos y somos capaces de hacernos escuchar  entre nosotros, entre los otros, porque los educadores del pueblo son los únicos que pueden detener o impulsar cualquier Reforma Educativa en el último reducto del espacio micro social, donde la libertad es posible en medio de la dictadura, la escuela.


Por Lev Moujahid Velázquez Barriga


miércoles, 6 de julio de 2016

LA EVALUACIÓN QUE EDUCA

Pienso que deberíamos hablar de evaluación educativa en la escuela no solo porque la evaluación que se hace se centra en fenómenos relacionados con la educación sino porque debería educar a quien la hace y a quien la recibe. Y eso supone que se trata de una evaluación que respeta, motiva, enseña, mejora y hace crecer a evaluadores y evaluados.

No siempre se hace una evaluación de este tipo en las escuelas. En efecto, yo creo que, aunque hay magníficas experiencias evaluadoras, las finalidades pedagógicamente pobres están más presentes que las finalidades educativas. Se evalúa para comparar, seleccionar, clasificar, diagnosticar, controlar, comprobar, jerarquizar… más que para aprender, dialogar, comprender, mejorar, animar… Qué decir de las finalidades espurias: torturar, asustar, imponer, dominar, acomplejar, desanimar… Se olvida muchas veces que la evaluación, más que un fenómeno técnico, es un fenómeno ético. Nos lo recuerda atinadamente Marcelo Rioseco, autor de esta interesante obra que ahora tienes en las manos: “La evaluación de aprendizajes, tal como se aborda en la actualidad en muchos sistemas educativos, fomenta la segregación, la discriminación y la clasificación de las personas, desde que son pequeñas hasta que llegan a la edad adulta, en función de una mirada externa que se impone al sujeto y a su capacidad de discernir y valorar el mundo en el que se encuentra incorporado”, dice el autor en la Introducción de esta obra. La evaluación es un proceso complejo que permite poner sobre el tapete todas nuestras concepciones, principios y actitudes.

Se puede decir sin mucho riesgo de equivocarse: dime cómo haces la evaluación y te diré qué tipo de profesional (y de persona) eres (Santos Guerra, 2015). Alguna vez he utilizado una doble metáfora para explicar diferentes concepciones del proceso de enseñanza y aprendizaje. De ellas se derivan modelos diferentes de evaluación. Se puede entender que el docente es un escanciador de agua que vierte desde un recipiente en el que está almacenada el agua del conocimiento en un recipiente vacío que es el alumno. La evaluación consistirá, en este caso, en medir cuánto agua hay en la copa. Pero si se entiende la enseñanza como un proceso que ayuda al alumno a descubrir por sí mismo manantiales de agua, que le ayuda a saber si el agua está contaminada o es potable y, cuando sabe que es potable, la comparte con quienes se mueren de sed y no la destina a llenar la piscina de su jardín y a construir fuentes ornamentales, la evaluación será un proceso más complejo y exigente.

El lenguaje es como una escalera que sirve para subir hacia la liberación y la comunicación pero que también sirve para bajar hacia la confusión y hacia la dominación. El problema no es que no nos entendamos sino creer que nos entendemos cuando estamos diciendo, realmente, cosas no solo diferentes sino contradictorias. Habría que empezar por diferenciar evaluación de simple calificación. Precisar qué es lo que entendemos por evaluación ya que en castellano disponemos de esta sola palabra para referirnos a lo que los ingleses llaman assessment, accountability, appraisal, self-evaluation, research… Resulta importante que el autor haya dedicado el primer capítulo a explicar lo que es para él aprendizaje y el segundo a lo que entiende por evaluación. Una evaluación de naturaleza pobre propicia un proceso de aprendizaje pobre. De ahí la importancia de realizar procesos de evaluación pedagógicamente ricos.

El conocimiento académico tiene valor de uso (altamente discutible, a veces) pero tiene un innegable valor de cambio. Si demuestras que lo has adquirido, el sistema te lo canjea por una calificación. Como las personas alcanzan el éxito a través de la evaluación, se preparan adecuadamente para ello. Por eso es tan importante la propuesta que nos hace el autor en esta obra. De hacer la evaluación del aprendizaje a través de las actividades.

La obra que tienes en la mano, amable lector, amable lectora, constituye una interesante aportación al ya bien nutrido caudal de libros sobre la espinosa cuestión de la evaluación de los aprendizajes. Con una estructura sencilla y sólida a la vez, plantea un triángulo equilibrado de cuestiones esenciales: el aprendizaje, la evaluación y la propuesta que se nos hace de evaluar los aprendizajes y saberes mediante el desarrollo de actividades. Es una interesante propuesta. Una propuesta de evaluación que mejora el aprendizaje. Porque, como decía, una forma rica de hacer la evaluación propicia un aprendizaje más significativo y relevante. Se nota que el autor ha hecho muchos viajes de la teoría a la práctica y de la práctica a la teoría.

No es un diletante que se apropia de conceptos ni es un profesor que se limita a repetir los patrones heredados de las viejas prácticas sin una exigente reflexión. Por el contrario, hace una interesante simbiosis de teoría y práctica y consigue hacernos una propuesta de gran interés. Califica muy bien el autor el trabajo que nos presenta diciendo que es “un ensayo, un experimento reflexivo que pretende desarrollar y entregar algunas herramientas conceptuales para abordar la evaluación educativa desde otro prisma: uno que entiende al ser humano como un ser social, que se define por su intencionalidad transformadora y que necesita adaptarse crecientemente en un mundo compartido con otros seres humanos”. La propuesta que nos hace el profesor Marcelo Rioseco tiene una ventaja añadida. Aunque ha sido concebida para la combinación de modalidad presencial y virtual de enseñanza, puede ser aplicada a la modalidad exclusivamente virtual o exclusivamente presencial. 

El enfoque de la obra está transido de coherencia. La enseñanza se articula no sobre el saber, sino sobre el saber hacer. No tanto sobre los contenidos cuanto sobre las actividades que realiza el estudiante.

Esta propuesta está muy vinculada a la concepción de la enseñanza por competencias. Lo dice claramente el profesor Rioseco: “la propuesta que se desarrolla a continuación pretende someter la lógica del contenido a la lógica de la actividad”. Me parece relevante en la propuesta la participación de los alumnos a través del contrato de aprendizaje y del proceso de autoevaluación. Ellos y ellas conocen bien lo que han aprendido.

El modelo de evaluación que plantea la obra tiene mucho que ver con el saber hacer, no tanto con la repetición mecánica de aprendizajes inertes. Por eso hay que dar la bienvenida a un libro como este. Ojalá no sirva solo para la adquisición de conocimientos sino para que los profesores y profesoras, en coherencia con la filosofía del texto, apliquen las ideas a su proceso de evaluación. Es decir, que el libro no sirva no solo para leer sino, sobre todo, para hacer.

Miguel Ángel Santos Guerra
Catedrático Emérito de la Universidad de Málaga.
España. 27 de julio de 2015

Bajar el libro en

martes, 5 de abril de 2016

Aprender no es aprobar exámenes

No hay que dejar nunca que los niños fracasen; hacerlos triunfar ayudándoles si es necesario, mediante una generosa participación del maestro. Hay que hacerlos sentirse orgullosos de su obra. Así será posible conducirlos hasta el fin del mundo”, afirmaba el pedagogo francés Celestin Freinet en su libro Técnicas Freinet de la escuela moderna.
Escuela en 1900
Escuela en 1900
Esta semana he tenido la suerte de volver al recomendable espacio de La 2 de TVE La Aventura del Saber. Desde aquí quiero agradecer la invitación y darles la enhorabuena por el programa y por su profesionalidad.Merece la pena consultar el archivo del programa.
En esta ocasión hablamos de cambio educativo y de evaluación. Dos temas claves y de absoluta actualidad. Dos temas además profundamente relacionados entre sí.
No son pocos lo investigadores y los profesionales de la educación que llevan años estudiando el cambio educativo y que sostienen que la clave para este cambio se encuentra en modificar nuestra manera de evaluar. Cuestionarse cómo evaluamos, cambiar los objetivos de la evaluación, fomentar una evaluación formativa, experimentar con nuevas maneras de evaluar son para muchos el primer paso para el cambio educativo (para estas cuestiones recomiendo visitar el Blog EvaluAccion)
En cierta manera hemos confundido el acto de aprender con el de aprobar exámenes. Y esto, además de provocar exclusión, es una manera muy limitada de abordar la complejidad de la educación y el aprendizaje. No es lo mismo evaluar que examinar, ni evaluar que calificar. Aprender no es aprobar exámenes.
Exámenes de Cambridge
Exámenes de Cambridge
Nuestra propia experiencia hace que equiparemos la evaluación al acto de calificar. En general, domina la finalidad de rendición de cuentas sobre el objetivo formativo y de aprendizaje. Sabemos, sin embargo, que los exámenes no son la única manera de evaluar el aprendizaje. Disponemos de un amplio catálogo de formas de evaluar bastante más finas que el exámen o el test (aquí). Parece una obviedad pero nunca está de más recordar que nuestro objetivo como docentes es la calidad del aprendizaje de nuestros alumnos. Superar exámenes. Obtener títulos (Diploma Disease. Ronald Doreno debería ser nunca el objetivoEl fracaso no es un indicador de éxitoComo dice Freinet no deberíamos permitir que los niños fracasen.
Cómo estudia un alumno depende de cómo pregunta el profesor, depende en última instancia de la evaluación esperada. Evaluaciones y exámenes condicionan no sólo qué estudia el alumno sino, sobre todo, cómo lo estudia. Aprender con el fin de aprobar un examen es muy diferente de aprender por aprender. Esto es lo que sostiene Stobart Gordon en su libro “Tiempos de pruebas. Los usos y abusos de la evaluación”: “la evaluación influye directamente en lo que aprendemos y en cómo lo aprendemos y puede limitar o promover el aprendizaje efectivo”. Y es también lo que sostenían hace casi 45 años los autores del libroEl curriculum oculto.
El curriculum oculto, por oposición al curriculum abierto que es lo que se ve (objetivos de aprendizaje, temarios), es entre otras cosas lo que está implícito en los exámenes. Y condiciona no solo lo que estudian los alumnos sino también y más importante cómo estudian los alumnos.
O B D C, El Roto
O B D C, El Roto
Hay estudios que muestran que los alumnos estudian mejor (o al menos de otra manera) cuando esperan preguntas de respuesta abierta. Que un enfoque superficial en el estudio está asociado a buenos resultados en un examen tipo test y a peores resultados en un examen de preguntas abiertas y por el contrario que un aprendizaje profundo está asociado a buenos resultados en las prueba abiertas y a peores en las pruebas “objetivas”.
Hoy día es cada vez más claro que debemos trabajar principalmente el aprendizaje profundo por ser aquel que mejor desarrolla las competencias de alto nivel necesarias para vivir en el siglo XXI como el pensamiento crítico, la comunicación, la colaboración, la resolución de problemas y el aprender a aprender. El mundo no es un libro que debemos aprender a leer. Es más bien un conjunto variable de preguntas abiertas y cambiantes. Aprender a vivir sería, como dice Fina Birulés, desarrollar “nuestra capacidad de pensar, de valorar afirmativa o negativamente lo que ocurre, de especular sobre lo desconocido o lo incognoscible.”
Los exámenes son parte de un modelo tradicional de enseñanza en el que la información se transmite a los estudiantes para que posteriormente los alumnos “vomiten” esa información. Es lo que Paulo Freire, otro gran pedagogo que exploró el concepto de curriculum oculto, denominó en su libro Pedagogía del Oprimido laeducación bancaria.
Para algunos expertos como Alfie Kohn es paradójico y en cierta manera desconcertante encontrar maestros con un enfoque constructivista y centrado en el estudiante que adoptan formas activas e interactivas de aprendizaje, pero que sin embargo, siguen dependiendo de los exámenes como principal forma de evaluación en sus aulas.
Thomas Galvez. Examination.  CC 2.0 by https://flic.kr/p/nDTzBK
Thomas Galvez. Examination. CC 2.0 by https://flic.kr/p/nDTzBK
Durante los 10 min que duró la entrevista también hablamos un poco de cambio educativoLa historia reciente de nuestra educación es la historia de un cambio educativo necesario y deseado que no termina nunca de llegar. Es la historia de soluciones (reformas educativas, formación, tecnología) que fracasan. Y es la historia que resulta de ignorar la importancia que para este cambio tiene la cultura escolar y la gestión del cambio.
Hay un libro que me gusta mucho y que recomiendo leer por su vigencia, a pesar de los 20 años que tiene, titulado La escuela que queremos en el que se sostienen que “son los docentes y directores, individualmente y en grupos reducidos, quienes deben crear la cultura escolar y profesional que necesitan. Por este objetivo vale la pena luchar, dentro y fuera de la escuela, dicen sus autores Michael Fullan y Andy Hargreaves.
De alguna manera, y Fullan lo ha desarrollado en publicaciones posteriores, parece que por fin hemos asumido que el cambio no nos vendrá dado desde arriba sino que será el resultado del impulso individual y colectivo de los profesionales de la enseñanza y de las escuelas. Parece que empieza a haber consenso en que la unidad más apropiada para este cambio es el centro educativo (o las redes de centros educativos conectados). Que el camino pasa por que cada escuela deje de ser solo una unidad administrativa para convertirse en un proyecto educativo.
La experiencia nos dice que debemos esforzarnos por diseñar aulas y escuelas innovadoras, no sólo experiencias innovadoras de aprendizaje individual.
Todo parece apelar a la necesidad de combinar nuestra responsabilidad individual con nuestro compromiso colectivo.

Autor:
Publicado el marzo 28, 2015 por CARLOSMAGRO

jueves, 8 de octubre de 2015

EVALUACIÓN MEDIANTE TEST. LA BASE TEÓRICA: LA TEORÍA DE RESPUESTA AL ÍTEM

Desde este blog hemos insistido en la necesidad de evaluar en Educación ¿Qué evaluar? Todo ¿Para qué? Para conocer, y mejorar. En este contexto es importante no dejar pasar las oportunidades que brindan las nuevas tecnologías. Los párrafos siguientes se abocan al tema.



Una teoría psicométrica proporciona métodos para la construcción de tests y provee de modelos matemáticos  que  facilitan  la  interpretación  y  validación  de  los  resultados  obtenidos.  Históricamente,  la primera teoría fue la que a día de hoy se conoce como  Teoría Clásica de los Tests (TCT), que surgió a primeros del siglo XX, si bien no recibió su forma axiomática hasta mediados los sesenta (Novick, 1966). La TCT se fundamenta en el denominado modelo clásico, que establece una relación lineal entre la habilidad del examinado y la puntuación obtenida en el test realizado.

Este  modelo  se  expresa  en  términos  de  la  puntuación  empírica  del  test,  el  elemento  central alrededor del que gira toda la teoría. Concretamente,  se considera que la puntuación empírica del sujeto, esto es, el valor observado en el test, es igual a la suma de dos componentes hipotéticos y desconocidos a priori: la puntuación verdadera o habilidad real del evaluando y un determinado error de medida.

La principal limitación achacada a la TCT es que en su contexto las características del test y las del examinado son dependientes, esto es, las mediciones obtenidas dependen por lo general de la naturaleza del test utilizado; y a la inversa, las propiedades  de los tests dependen  de los sujetos a quienes se les aplica. Así, para la TCT, la habilidad del alumno se mide mediante el número de respuestas acertadas en el test realizado. Por lo tanto, los resultados estarán siempre relacionados con el test administrado: si las preguntas son difíciles, la habilidad de los examinados resultará ser baja porque habrá pocos que las responderán correctamente;  y viceversa, si el test es fácil, entonces la habilidad resultante será alta. Por otra parte, la TCT calcula  la dificultad  de una pregunta  (y, por extensión,  de un test) en función  de la cantidad de individuos que la responden correctamente: cuanto mayor sea el número de evaluandos que responden bien a una cuestión, tanto más fácil se considerará la pregunta. Así, la dificultad estimada de un test  según  la  TCT  dependerá  de  quién  lo  realice:  si  los  examinados  son  muy  listos,  responderán correctamente a las preguntas y, por tanto, el test será considerado fácil. Esta dependencia entre tests y examinados  supone  que las medidas  obtenidas  en la TCT no se pueden  utilizar en otros contextos  de manera generalizada, y por tanto comparar individuos que hayan hecho exámenes distintos resulta harto complicado.

La Teoría de Respuesta al Ítem (TRI - Lord, 1952) supera esta limitación, pues propone modelos matemáticos   orientados   a  las  preguntas   (que   en  este   contexto   reciben   el  nombre   de  ítems),   en contraposición a la TCT, para la que la evaluación de conocimientos gira en torno al test como unidad. Se trata  de  una  teoría  relativamente  joven,  más  si  se  tiene  en  cuenta  que  la  idea  original  de  los  tests adaptativos fundamentados en la TRI, de los que se hablará más adelante, data de comienzos de los años setenta, habiendo sido implementados por vez primera durante los ochenta(Segall y Moreno, 1999).

La gran ventaja  de la TRI es que, a diferencia  de la TCT, mide la habilidad  del ex aminado y la dificultad de los ítems en la misma escala, lo que facilita su comparación. Se trata del intervalo de valores (- , +  ), con el valor 0 como punto medio. Si lo consideramos representado en una recta horizontal, los ítems más fáciles aparecerán  a la izquierda del eje y los más difíciles a la derecha. Asimismo, los sujetos con menor habilidad se situarían más a la izquierda que aquellos con mayor destreza.

En la TRI cada ítem se define por una función matemática, la Curva Característica del Ítem (CCI), que relaciona la probabilidad de una respuesta correcta y la habilidad del estudiante. En otras palabras, la CCI proporciona para cada ítem la probabilidad P(è) de que un alumno, cuya habilidad es è, lo responda correctamente. La forma de la CCI la definen varios parámetros que, dependiendo del modelo utilizado, uno puede tener en cuenta o no:

La dificultad (parámetro  b), que indica el punto en el que la probabilidad de responder correctamente al ítem es 0.51

La discriminación (parámetro a), que indica la precisión del ítem al determinar la habilidad de los sujetos. Cuanto mayor sea su valor, más significativo resultará el ítem a la hora de evaluar estudiantes, aunque menor será el intervalo de habilidades en el que sea aplicable.

El  pseudoacierto  (parámetro  c),  que  es  la  probabilidad  de  que  un  examinado  con  baja habilidad  (región  izquierda  del  eje  horizontal)  responda  al  ítem  correctamente.  En  otras palabras, puede decirse que se trata de la probabilidad de que el alumno acierte el ítem al azar.

El pseudofallo (parámetro y), la probabilidad de que un examinado con habilidad alta (región derecha del eje horizontal) responda mal al ítem, fallando así un ítem cuya respuesta conoce.

Dado que la TRI se basa en una familia de modelos matemáticos, existen ciertas restricciones o condiciones que se deben considerar sobre los parámetros de los ítems. Así, hay varios supuestos que se deben respetar. Será necesario comprobar las propiedades de unidimensionalidad (los ítems sólo miden una única habilidad), independencia local (cada ítem es independiente de todos los demás) e invarianza (las propiedades de los ítems no dependen de la habilidad de los sujetos, y el nivel estimado del evaluando no se ve afectado por los ítems que componen el test que se le administra).

Un aspecto importante que se deriva de lo anterior es que las curvas características de los ítems incluidos  en  un  test  se  pueden  incorporar  por  nivel  de  habilidad  definido,  obteniendo  así  la  Curva Característica del Test (CCT), gracias a la cual es posible predecir, dada la habilidad de un estudiante, cuántas de sus respuestas serán correctas. Asimismo, también será posible realizar estimaciones a priori, por  ejemplo,  para  predecir  la  probabilidad  de  que  un  sujeto  con  una  habilidad  específica  acierte  un determinado ítem.

La TRI promueve el uso de bancos de ítems, que almacenan las preguntas susceptibles de formar parte de un test, para desarrollar diferentes pruebas a partir de un mismo banco. Definiendo a priori la curva característica del test que se desea generar, basta con incluir en él aquellos ítems tales que la suma de sus CCI se aproximen a la CCT objetivo. Por otra parte, la TRI también facilita la generación  dinámica de tests, en concreto, los Tests Adaptativos Informatizados (TAI) que se tratarán más adelante.



Extraído de
EVALUACIÓN MEDIANTE TESTS: ¿POR QUÉ NO USAR EL ORDENADOR?
Javier López-Cuadrado, Tomás A. Pérez y Ana Jesús Armendariz
Departamento de Lenguajes y Sistemas Informáticos, Universidad del País Vasco, España
Revista Iberoamericana de Educación (ISSN: 1681-5653)


lunes, 21 de septiembre de 2015

Sentido y fundamentación de la Autoevaluación del docente


¿Es la autoevaluación docente, una alternativa para superar la disonancia a la que se enfrenta el profesor con la evaluación externa? Se trata de un recurso óptimo de profesionalización y formación docente en el marco de la investigación-acción. En este marco, ¿qué sentido adquiere esta autoevaluación? ¿Bajo que supuestos se sustenta? ¿Qué pasos son necesarios para concretar una autoevaluación docente eficaz?


La autoevaluación es aquella evaluación donde agente evaluador y sujeto evaluado coinciden. Planteamos que una evaluación eficaz del profesor que conlleve la mejora de la enseñanza y, como consecuencia, una mayor efectividad de la escuela, debe iniciarse desde la capacidad de autocrítica del profesor. Además, cuando un profesional acostumbra a evaluar de manera sistemática su actividad tendrá mayor probabilidad de convertirse en un sujeto abierto al juicio externo. Con esto no queremos decir que la evaluación que se realiza del profesor, en la que se consideran diferentes fuentes distintas de él mismo, no pueda tener cierta eficacia; sino que una vez que el profesor ha sido capaz de realizar autoevaluación ayudado por distintas técnicas considerará más válidas las fuentes y técnicas de evaluación externa y, por lo tanto, tenderá a un mayor compromiso con la mejora de la educación, más flexible y más abierto al cambio.

Por esta razón, se intenta desarrollar un enfoque más completo basado en nuevos métodos de evaluación, en la elaboración de múltiples líneas de comprobación y en la consideración de nuevos marcos conceptuales. Creemos fundamental que el profesor tenga cierto control sobre la evaluación. En palabras de Peterson, la evaluación controlada por el profesor comunica una serie de importantes mensajes: primero, apoya los datos que se han reunido gracias a la utilización de fuentes diversas; segundo, permite considerar y fundamentar la gran diversidad que existe en cuanto al rendimiento de los diferentes profesores; tercero, los profesores son los mejores conocedores de su propia situación por lo que se puede confiar en la aportación que puedan realizar a la evaluación.

La implicación del profesor en su propia evaluación puede incluso contribuir a mejorar la relación entre éste y el equipo directivo y/ u orientador del Centro, porque desaparecería el papel de juez y fuente única de manejo de los datos. Peterson llega a afirmar que: “hasta que no tengan lugar mejoras significativas, la evaluación del profesorado seguirá siendo algo que se hace a los profesores en vez de ser algo hecho por los profesores”, o, como plantea Iwaniki, al considerar como propósito fundamental de la evaluación el desarrollo profesional desde una perspectiva integrada para la mejora de la escuela: “En la fase de desarrollo profesional continuo, el profesor no es evaluado por un administrador o supervisor. Él mismo es el evaluador”.

Compartimos el juicio de Nieto Gil de que es una realidad imprescindible que el profesor evalúe su trabajo profesional para hacer posible el perfeccionamiento en el ejercicio, por una parte; y, por otra, para ser investigador que estudia el aprendizaje de sus alumnos y las relaciones de aquel con su propia enseñanza, con el fin de poder aportar datos y reflexiones que permitan contribuir a la realización de la evaluación del Centro. Asimismo, creemos que la mejora de la práctica de la enseñanza por medio de la autoevaluación aportará una reducción del fracaso escolar.

Básicamente, la autoevaluación docente consiste en la realización de juicios acerca de la propia enseñanza. La autoevaluación puede desarrollarse desde distintas instancias, partiendo de determinados supuestos, en busca de ciertos objetivos, aplicando un tipo de gestión u organización, a través de procedimientos y técnicas diversas y considerando a una audiencia en particular.

Este tipo de evaluación se sustenta en las siguientes creencias:
• Los profesores están en una permanente búsqueda de excelencia.
• Los profesores se evaluarán a sí mismos y modificarán su rendimiento siempre y cuando se les proporcione suficiente información y/ o participación; y
• Los procedimientos de evaluación proveen retroalimentación diseñada para ayudar a los profesores a emitir juicios acerca de cómo mejorar su enseñanza.

Estas creencias se erigen como principios frente a los cuales la evaluación realizada por el mismo profesional con respecto a su desempeño, eficacia y flexibilidad, se torna una tarea fundamental y necesaria a la hora de una reflexión en torno a la calidad de la docencia.

Desde la perspectiva que comentamos, la autoevaluación sería un importante mecanismo para el desarrollo personal, porque el profesor que participe en ella estará motivado en lo que a su crecimiento y mejora se refiere.

Bailey identificó siete pasos para realizar una autoevaluación eficaz:
• Adoptar una visión global filosófica que examine los mitos que rodean la autoevaluación.
• Necesidad absoluta de utilizar cintas de audio y vídeo.
• Identificar capacidades y comportamientos pedagógicos básicos para su posterior análisis.
• Identificar elementos de análisis básicos de carácter verbal.
• Identificar elementos de análisis básicos de carácter no verbal.
• Aprender a planificar y evaluar los comportamientos pedagógicos identificados.
• Utilizar hojas de observación.

Estos pasos conducirían las tres instancias fundamentales que marcan la eficacia de una autoevaluación. Primero, identificar correctamente el comportamiento pedagógico actual; segundo, identificar y mejorar las áreas problemáticas o puntos débiles mediante la práctica de nuevos comportamientos, manteniéndose aquellos que se determinen como puntos o áreas fuertes; tercero, someter los nuevos comportamientos, a su vez, a evaluación con el fin de determinar su eficacia. Como se puede ver, siguiendo el transcurso normal del proceso, éste se desarrollaría de manera cíclica como retroalimentación constante.

Los pasos enunciados nos parecen los apropiados, aunque no estamos de acuerdo con el carácter sine qua non que el autor atribuye al uso del audio y vídeo. La realidad de cada profesor en un Centro educativo determinado y su propia manera de enfrentarse a la docencia pueden ser justificantes de que el uso del vídeo no en todas las ocasiones puede ser absolutamente positiva. Hasta ahora muchas de las propuestas de evaluación del profesor, fundamentalmente del docente universitario, se han estructurado en torno a la utilización del vídeo con más o menos éxito. Trasladar, sin más las experiencias de evaluación de docencia en Educación Superior a la realidad de centros docentes de primaria y secundaria, donde las condiciones u organización de trabajo difiere de la vivida por los docentes universitarios, puede conducir a una representación y estimación errónea de la realidad.





Extraído de:
FUENTES-MEDINA, Myriam E.; HERRERO SÁNCHEZ, Jesús R. (1999).
Evaluación docente: Hacia una fundamentación de la autoevaluación.
Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado.
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