miércoles, 3 de marzo de 2021

Evaluación en época de pandemia. (O la desaparición del sentido común)

 Hoy no podemos ir a la escuela o, por lo menos, no podemos ir a esa escuela que concebíamos hace un tiempo atrás. Esa escuela está cerrada. Esas rutinas y rituales a los que estábamos acostumbrados no existen más. En este contexto insistir con evaluar para calificar en este tiempo de pandemia resulta altamente contradictorio. 

 


La evaluación cuantitativa, la que controla, la que mide saberes solamente, no favorece aprendizajes en ninguna ocasión. Evaluar cualitativamente podría ser una opción en estos momentos. Correrse de la necesidad de colocar una “nota “, un número que supuestamente definiría el rendimiento académico del estudiante.

 

Son tiempos de alternar, de cambiar la propia perspectiva por la del otro. Pensar esperanzadamente que nuestro éxito como educadores reside en la certeza que nunca nos deja: es posible cambiar. “No puedo ser profesor si no percibo cada vez mejor que mi práctica, al no poder ser neutra, exige de mí una definición. Una toma de posición. Decisión. Ruptura. Exige de mí escoger entre esto y aquello” (Freire, P.2002) 

 

Es muy real que docentes y familias se encuentran muy exigidos, en este tiempo “pandémico”. Los docentes que poseen acceso a redes han ampliado su horario laboral. Los que trabajan con estudiantes que no tienen esa herramienta, van arbitrando los medios para que lleguen las tareas a los lugares más recónditos.

 

Ante las instrucciones que están recibiendo los colegas, de calificar numéricamente a los estudiantes, me pregunto con qué criterios se realizaría la supuesta evaluación, a quién o a quienes calificaríamos, cuando sabemos desde el sentido común, que hoy los chicos no están solos para realizar los deberes y tareas encomendadas. Resulta imperativo que docentes y directivos dialoguen constructivamente para que el hilo no se corte por lo más delgado (el estudiante, lamentablemente). Ni hablar de la ansiedad a los estudiantes y a las familias que se agrega irremediablemente cuando se menciona el vocablo “evaluación”.

 

Épocas de repensar, de cuestionar las prácticas, nuestras propias prácticas docentes y revisarlas/reformularlas si no son coherentes en este contexto. Esta premisa también es aplicable para aquellos equipos directivos que todavía no visualizan que la enseñanza cambió.

El fomento a la justicia curricular demanda construir, opciones de futuro y que el conocimiento se convierta en pieza clave para el desarrollo personal (no solamente objeto de evaluación y calificación) y mostrar amor, confianza y estima hacia los estudiantes, pues desde el terreno de la afectividad también se logra avanzar en la esfera de la equidad y el reconocimiento del otro.

 

Calificación en tiempos de excepcionalidad.

En esta instancia, resulta oportuno poner en común sentidos y funciones de la Evaluación en nuestras prácticas, y en particular en este contexto que estamos transitando.

 

En primer lugar, las controversias sobre la Evaluación, en su gran mayoría, estuvieron planteadas en torno a la evaluación sumativa, con el propósito de calificar y acreditar los aprendizajes. Se pone el foco en la evaluación sumativa, soslayando la importancia de la evaluación formativa, la que se resignifica especialmente en este entorno de enseñanza y de aprendizaje, teniendo en cuenta los desafíos que nos enfrenta el tránsito de la presencialidad a la virtualidad, dado que permite al docente, realimentar el proceso de enseñanza, introduciendo los ajustes en las actividades y adecuaciones necesarias para promover los aprendizajes en este entorno. 

 

Por ello, en este contexto, es pertinente poner en valor la evaluación formativa, por la información que puede proporcionarnos tanto de los procesos, avances y dificultades, no solo de los aprendizajes vinculados con los contenidos específicos de una unidad curricular, sino también con el uso de herramientas digitales, en tanto demandan otros procesos cognitivos, que ponen en juego, las posibilidades de desarrollar las actividades propuestas. 

 

En este sentido, resulta significativo para los estudiantes, que las propuestas de evaluación estén acompañadas por la comunicación de los criterios de evaluación, de manera explícita. 

De modo tal que, cada estudiante reconozca su punto de partida, y pueda valorar sus avances, en esto reside el sentido que le otorga Anijovich (2017) a la evaluación formativa “como una oportunidad para que el estudiante ponga en juego sus saberes, visibilice sus logros, aprenda a reconocer sus debilidades y fortalezas, y mejore sus aprendizajes.” 

 

Es fundamental, entonces ofrecer instancias de evaluación formativa que posibiliten la retroalimentación, a través de las herramientas disponibles en el aula virtual, que nos permitan a nosotros los docentes, ajustar nuestra propuesta de enseñanza; y a los estudiantes, les posibilite realizar procesos metacognitivos, reconocer sus dificultades, avances y progresos en su proceso de aprendizaje. 

 

Toda propuesta debería incluir, reiteramos, la explicitación de los criterios de evaluación, expresada en forma escrita a los estudiantes; como así también, la comunicación de los resultados obtenidos de la evaluación de las actividades planteadas.

 

Capital cultural, tareas para la casa y Didáctica de la educación virtual

La concepción de la cultura como recurso es precisamente la que propicia que esta sea concebida como un tipo de capital, es decir, como un conjunto de activos, en este caso, simbólicos, y que constituyen, a la manera de los activos económicos, una herramienta de distinción. El concepto, y todo lo que implica, fue explorado por Pierre Bourdieu, quien señala que el capital cultural comprende todas las características, actitudes, cualidades y conocimientos que garantizan el que una persona pueda ser considerada como “culta” (Bourdieu, 2011). 

 

De acuerdo la teoría del sociólogo francés, el capital cultural consiste, primeramente, en la transmisión y acumulación de experiencias, valores, saberes y actitudes (estado incorporado).

Estos significados, referidos al capital cultural, serían los que los colegas docentes deberían considerar a la hora de enviar actividades y el material didáctico a los estudiantes, en especial en nivel primario, ya que todas las madres y/o padres y/o abuelas/abuelos no poseen idéntico capital cultural para ayudar o colaborar en la resolución de dichas tareas, generando esta situación, alto grado de incertidumbre y ansiedad en el seno familiar. Ni qué decir en el nivel secundario y superior.

 

Es altamente meritoria la tarea que están realizando los colegas maestros/profesores ante esta situación. Le han puesto el cuerpo, las ganas y la creatividad. De eso no cabe ninguna duda.

Lo que no quita es que pensemos desde todos y a su vez en cada uno de los niveles y modalidades involucradas, en la instauración como política pública de una Didáctica de la Educación Virtual, que dialogue de manera realista y contextualizada con la “teoría” garantizando que dichos saberes lleguen democráticamente a todo el universo de docentes y no sólo a unos cuantos… (pocos). 

 

Resulta muy notoria la gran brecha formativa en estos nuevos roles, estos nuevos modos de ser docente. Determinan la necesidad de nuevas competencias. Pero que lleguen de una forma curricularmente justa. Estos nuevos roles, no son tan nuevos, y las nuevas competencias vienen siendo necesarias desde hace demasiado tiempo, las circunstancias de hoy, las ponen sobre la mesa.

 

Cuarentena, plataformas virtuales y justicia curricular

La justicia curricular puede ser entendida como el diseño y desarrollo de estrategias educativas diversificadas que operen con base en principios de equidad, en aras de reconocer las diferencias e incluso las dificultades en el aprendizaje y ofrecer apoyos específicos al estudiantado, de manera especial a aquellos grupos o sectores de la población marginados y excluidos.

 

Se plantea hoy día, un nuevo reto al campo educativo que debiese avizorar la justicia curricular. Dicho reto se desprende del necesario y vital acceso a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), lo cual brindaría un terreno inicial de igualdad. 

 

Sin embargo y allanado el acceso a estas tecnologías, encontramos un problema de segundo orden: su articulación con el aprendizaje y la promoción de capacidades de largo alcance que desplieguen procesos reflexivos, creativos y de innovación. 

 

Cuando el uso de las herramientas tecnológicas está orientado a la búsqueda, selección y decodificación de la información; la integración y conexión creativa de saberes que desplieguen variadas interpretaciones; el trabajo colaborativo en torno a experiencias y situaciones que confrontan a los estudiantes con los problemas de su comunidad se favorece no sólo la apropiación de las herramientas, sino la articulación de la escuela con los entornos donde se desarrollan los propios estudiantes y la comunidad (de ubicación urbano marginal y /o rural ) en su conjunto.

 

Así, la justicia curricular relacionada con el acceso y uso de la tecnología implica incorporar las TIC a los ámbitos hogareños, por la cuarentena decretada, y promover que los estudiantes se apropien de las herramientas en aras de desplegar capacidades cognitivas e interpersonales orientadas a la construcción del conocimiento. El reto radica en garantizar el acceso a las tecnologías y también al conocimiento y al aprendizaje con igualdad y equidad.

 

El fomento a la justicia curricular demanda construir, junto con los estudiantes, opciones de futuro y que el conocimiento se convierta en pieza clave para el desarrollo personal; y mostrar amor, confianza y estima hacia los estudiantes, pues desde el terreno de la afectividad también se logra avanzar en la esfera de la equidad y el reconocimiento del otro.

 

La justicia en el ámbito curricular implica el derecho a aprender de todos, en especial de aquellos grupos o sectores de la población marginados y excluidos. Al centrar la justicia curricular en el derecho a aprender, surgen una serie de cuestionamientos: ¿Cómo promover aprendizajes significativos y relevantes en entornos sociales y culturales marcados por la desigualdad? ¿De qué manera garantizar que la “tarea” llegue a los más recónditos lugares de nuestras provincias, donde no existe dispositivo, ni posibilidad de conexión?

 

Una pieza de este rompecabezas es la evaluación formativa y la retroalimentación cuidadosa y sensata. Esto saca tiempo a los docentes y habrá que saber ponerlo en juego sin desesperar, con pautas ordenadas y eficaces. Se recomienda establecer hitos visibles y claros, en lo posible de uno o dos meses enteros: fechas de entrega y de corrección. Pocas cosas, pero valiosas y viables.

 

 Y corregirlas con una devolución, aunque sea breve pero rápida, porque este mecanismo genera acompañamiento. Los alumnos necesitan una mirada, un seguimiento, alguien que les toque con su mano el hombro mientras hacen su tarea. Esa mirada, comprensiva como nunca se ha dado, llena de aliento y de afecto, es la que les permite reconstruir un camino y sortear obstáculos que en muchos casos requerirán una redefinición del esfuerzo por aprender. 

 

La evaluación formativa puede completarse con un modelo de portafolio, donde los alumnos vayan depositando/mandando sus trabajos y sus proyectos.

 

Ya no está el aula física, ni el grupo clase presente, ni la docencia regulada por un espacio tiempo, ni los rituales del aprendizaje. No sabemos bien cuántos alumnos están conectados y cómo siguen aprendiendo. No sabemos cuánto tiempo durará esto ni los grados de temor y ansiedad que viven los alumnos y sus familias. En este nuevo mundo hay que reclasificar lo que se puede enseñar y aprender. 

 

Es un tiempo de diseño didáctico. En tiempos “normales” un buen docente era aquel que, además de muchos otros atributos, era un buen conductor de orquesta. Era aquel que manejaba bien los grupos, la interacción, la dinámica del aula. En la pandemia esas destrezas quedan en el olvido (salvo para conducir reuniones virtuales, un saber también bastante específico). Cobra más valor la capacidad de diseño didáctico. Es un momento para pensar y hacer buenas propuestas de aprendizaje, que tengan en cuenta los saberes previos de los estudiantes y sus condiciones actuales. 

 

El resultado final ya no podrá ser una nota ni una vara que se basa en una ficción de igualdad y en una serie de parámetros curriculares que ya no están ahí. Parece más adecuado a este contexto elaborar un informe cualitativo individual de devolución al alumno para que sienta que valió la pena el esfuerzo, para situar qué aprendió, cuáles fueron sus fortalezas y debilidades, creando un panorama general que permita retomar su trayecto el año próximo. 

 

La pandemia nos empuja a juntar las piezas y armar una serie de propuestas nuevas que puedan accionar, sabiéndose extremadamente limitadas, en este contexto. No debería caerse en la trampa de las actividades sueltas, ni las rutinas atrapadas en la vieja armonía escolar. Es clave priorizar el currículum: en cantidad, en calidad y en la producción de sentido. Debemos elegir las batallas, saber balancear aquello que más valor tiene en nuestro programa curricular. Y a partir de allí repensar el valor de la evaluación. Y su sentido. Sobre todo

 

 

 

Por Lic. Patricia E. Ojeda. Corrientes. Argentina. Comunidad de Educadores de la Red Iberoamericana de Docentes

Fuente

http://formacionib.org/noticias/?Evaluacion-en-epoca-de-pandemia-O-la-desaparicion-del-sentido-comun

miércoles, 24 de febrero de 2021

Evaluar en tiempos de pandemia: ¿cómo y para qué?

 La mañana del martes transcurría sin mayores sobresaltos. Después del desayuno, me dispuse a responder los mails de mis alumnos. Grande fue la sorpresa al encontrar remitentes nuevos: no me escribían los chicos de secundaria sino sus padres. Ellos expresaban su preocupación por las notas del boletín y me contaban cómo afectaban a sus hijos las calificaciones negativas, especialmente en cuarentena.

 


La escena anterior se repite con frecuencia en las computadoras de todos los docentes que llevamos adelante la Enseñanza Remota de Emergencia. Lo curioso es que el boletín que angustiaba a padres e hijos no era sino una progresión escolar sin calificación numérica y sin valoraciones (regular, bien, sobresaliente, etcétera). Las categorías a rellenar consideraban el vínculo con el docente, la entrega de las actividades propuestas y si se alcanzaron las expectativas en el proceso de aprendizaje que intentamos llevar adelante en este contexto tan insólito.

 

Eliminando las calificaciones y la jerarquización de los alumnos nos centraremos en la relación pedagógica para fortalecer los vínculos y acercarnos a pesar de la distancia física. Conlleva cierta injusticia educativa asignar un número del uno al diez al trabajo que los chicos llevan adelante en sus hogares, heterogéneos y, muchas veces, poco colaborativos a causa del contexto en el cual se desarrolla la enseñanza (los docentes desconocemos la situación familiar de cada alumno). Además, carecemos de contacto directo y asiduo. Enfrentamos una educación virtual provisoria, pero por tiempo indefinido. No sabremos cuánto han aprendido los educandos hasta no regresar a la nueva normalidad luego de la pandemia.

 

El doctor Roberto Rosler se ha ocupado de recordarnos en diversos videos y artículos que la palabra ‘examinar’ proviene del latín examinare, cuyo significado era observar minuciosamente algo. En cambio, ’evaluar’ está formada por el prefijo latino ex- (hacia afuera) y valere (ser fuerte) cuyo significado era apreciar, calcular el valor de algo. ¡Qué diferencia sustancial a la hora de poner en la balanza los contenidos que nuestros alumnos incorporan! Como docente, ¿deseo realizar un escrutinio detallado de aquello que memorizaron y repiten? ¿O busco apreciar y valorar lo aprendido? ¿Cómo ordeno las prioridades enseñando a distancia y de manera virtual?

 

Antes que nada, debemos considerar los dos objetivos centrales de esta Enseñanza Remota de Emergencia. En primer lugar y como ya hemos mencionado, mantener el vínculo entre el docente, el alumno y la institución. Eso cobra aún más sentido si consideramos que la educación es un derecho y el Estado y las instituciones que la brindan tienen obligación de garantizarla.

 

El segundo objetivo es mantener los cerebros de nuestros alumnos trabajando. Recluidos en sus casas deben leer, resolver ejercicios, mantenerse activos y socializar con sus compañeros y con el docente. En cambio, si congeláramos la educación formal durante meses y el único estímulo que los niños y jóvenes recibieran proviniese de la televisión o los videojuegos, su capacidad de concentración se estancaría como un lago y costaría muchísimo retomar la enseñanza presencial y lograr que incorporasen técnicas de estudio y fuesen proactivos. Para mantener sus cerebros trabajando les pedimos que miren videos que filmamos, que lean cuentos o resuelvan ejercicios matemáticos desde sus hogares. Así y todo, como hemos mencionado, hasta el regreso a las aulas no podremos medir la efectividad de estas estrategias ni sus resultados a medio y largo plazo.

 

Entonces, vale la pena repreguntarse: ¿Cómo ordeno las prioridades enseñando a distancia y de manera virtual? Aquellos alumnos sin posibilidad de conexión o acceso a las propuestas virtuales deben saber que no han sido dejados de lado. Los docentes debemos considerarlos y no bajar los brazos en el intento de tender un puente comunicacional. A aquellos alumnos con acceso al material y posibilidad de intercambio digital de las actividades, debemos motivarlos a trabajar de manera autónoma. No deben tener miedo a hacer preguntas y plantear dudas. Debemos retroalimentar su esfuerzo felicitándolos y destacando los aspectos positivos de su desempeño.

 

No es momento de centrarnos en los errores sino de mantener los cerebros trabajando. Es difícil estimular y motivar a distancia; más aún en un contexto incierto como es el actual. Está en nuestras manos transmitir calma y recordar a los educandos y a sus familias que calificar es inútil y las progresiones escolares que hemos completado intentan reflejar el esfuerzo y dejar constancia de él.

La Enseñanza Remota de Emergencia no debe llevar en su puerta el cartel que Dante Alighieri vio al ingresar a los infiernos: “Abandonad toda esperanza los que entréis aquí”. En cambio, debe servirnos a todos para replantear nuestras estrategias, incorporar herramientas digitales y pensar la evaluación de otra manera. Medir menos, pesar y examinar menos al alumno y apreciar más el valor del esfuerzo.

 

Como camaleones, nos hemos adaptado en mayor o menor medida a los colores de este arcoíris digital. Que la evaluación también se transforme de una vez y para siempre. Recuperemos la etimología original. Valoremos, motivemos y dejemos huella. Digamos adiós a las notas numéricas que imponen jerarquía, promueven la competencia y desmotivan a nuestros alumnos. Ojalá que el final de la pandemia sea también un nuevo comienzo.

 

 

 

 

 

Por: PROF. CATERINA RADZICHEWSKI

Fuente

https://asociacioneducar.com/evaluar-tiempos-pandemia

miércoles, 17 de febrero de 2021

«Al menos en Primaria la evaluación con notas debería desaparecer y planteárnosla como qué habilidades tiene un niño»


Ramón se ha hecho famoso por poner en las notas de su alumnado referencias a habilidades no curriculares. Todos con sobresaliente. Nuevas formas de evaluación y enseñanza se hacen ya casi obligatorias.

El maestro de Primaria Ramón Rodríguez saltó a la fama hace unos meses porque se le ocurrió incluir en el boletín de notas, además de las calificaciones de las materias habituales, otras notas menos típicas: “Es una niña feliz: sobresaliente / Es generosa y buena compañera: sobresaliente / Llega a clase con una sonrisa: sobresaliente”, se leía en el boletín que de sus alumnas llevó a casa. “Siempre me ha movido mucho la inteligencia emocional”, cuenta. “Intento cambiar un poco las cosas que he ido viendo que no me gustaban mucho, como la evaluación o el uso que se hace de las nuevas tecnologías”, añade, aunque se matiza rápido: “Nuevas nuevas tampoco son, que ya llevan muchos años con nosotros”. Maestro desde hace 15 años, Rodríguez presume de motivación y de amar su profesión.
¿El sistema educativo está demasiado anclado en el pasado?
Hay muchas cosas que sí. Pero eso no significa que cosas del pasado sean malas, evidentemente. Algunas se pueden seguir aplicando. Pero hay muchas prácticas que con los alumnos que tenemos hoy en día no funcionan y tenemos que plantearnos cambiar alguna visión sobre la educación, hacer algunas metodologías más activas y poner al alumno como protagonista de nuestras enseñanzas.
Usted practica y defiende la gamificación. ¿Qué aporta?
Gamificar es convertir el proceso de aprendizaje en un juego. Estamos trasladando la educación en el lenguaje natural de los niños, que necesitan jugar. Mediante el juego adquieren aprendizajes significativos para el resto de su vida. Si conseguimos que ese proceso de aprendizaje se asemeje a un juego estamos consiguiendo captar su atención, que la motivación aumente en un porcentaje altísimo. Muchos profesores coincidmos en que la capacidad de atención está reducida y no son capaces de mantenerla tanto como antes. Yo creo que no, que tienen una capacidad alta, pero está en otro sitio y nosotros tenemos que buscar dónde está y a partir de ahí trabajar con ellos. La gamificación nos permite entrar en su mundo, que es el juego, y a partir de ahí hacer con ellos lo que queramos.
Supongo que también le habrán llegado las críticas de profesores que dicen que la educación no es un juego y que los alumnos no van al colegio a divertirse. ¿Qué opina?
Un cole está para que un niño venga a aprender, pero pasándoselo bien aprenden más. Yo tengo un lema, si algo es divertido se aprende mejor, y me parece esencial. Que un niño venga al cole a pasárselo bien no significa que no venga a aprender.
Muchos docentes se quejan de que a veces hay demasiada innovación, que parece que la preocupación es más meter un método nuevo por meterlo que ver si funciona. ¿Dónde ponemos la línea?
Es un riesgo, y alto si solo hacemos eso. Dedicar todo nuestro trabajo a proyectos, metodologías activas y gamificación, aparte de suponer un trabajo enorme para el profesor, supone que vamos a conseguir que el alumno se desgaste rápido. Si las empleamos cinco horas al día, en cada actividad, el efecto motivación se puede perder. Hay que emplearlo todo en su justa medida.
¿Qué opina respecto al móvil en clase? ¿Qué hacemos con él?
Voy a pensar en dos edades diferentes. En primaria tener alumnos más pequeños hace que no todos tengan móvil, que igual no sepan usarlo para un rendimiento académico o un trabajo en clase. En primaria tenemos dos aulas de informática para ellos. Utilizamos esto, que es un entorno seguro y que ellos dominan. En secundaria se utiliza el móvil o cualquier dispositivo que tengan en casa. Siempre con el consentimiento del equipo directivo y la familia, pero yo soy partidario. Hay que valorar pros y contras, riesgos, pero tiene más pros a la hora de realizar un proyecto. Nos dota de unos recursos infinitos. Las tecnologías -que no nuevas- acercan la realidad del colegio a la realidad de nuestros alumnos. A partir de 10-11 años los alumnos viven todos en un mundo digital. Todos tienen móvil, tablet o portátil. Su mundo pasa por el chat con los amigos, etc. si acercamos el centro educativo a su vida estamos tendiendo puentes. Si vamos por el camino contrario se abre una brecha un tanto peligrosa porque vivirán una brecha con el colegio que no es la suya.
¿Han tenido problemas de indisciplina o de que los alumnos le dieran un uso equivocado al móvil por tenerlos en clase?
Es importante marcar los tiempos bien. Si se les pide que traigan un dispositivo está claro que solo lo podrán usar en esa actividad y el resto del tiempo el aparato estará apagado sin posibilidad de uso porque permanecerá en poder del profesor, no en sus mochilas o bolsillos. De momento ellos son listos y saben que si les damos la posibilidad de usar los dispositivos en clase y meten la pata, se quedarán sin ello y no quieren. La experiencia está siendo bastante buena.

¿Cómo va esto de las “otras notas”? Aquella manera de calificar supongo que era más una llamada de atención que otra cosa. ¿Qué mensaje quería lanzar?
La idea era dar un golpe encima de la mesa y lanzar el mensaje de que nuestra evaluación tal y como se entiende en España sobre todo para los más pequeñajos, pero sirve para todos, a veces es injusta y muy fría. Damos una nota cada trimestre con un numerito que no va a reflejar jamás todo el trabajo de un trimestre, las interacciones de los alumnos con los profesores, el esfuerzo que conlleva. Quería lanzar el mensaje de intentar profundizar más, que la evaluación sea más rica para las familias. Pero también quería dejar esa parte fría de lo académico a un lado y reflejar en el boletín de notas las cualidades que hacen de nuestros alumnos. Yo digo que todos son unos cracks, y qué menos que te lo reconozcan. Todos los niños son unos cracks en algo y puede que no lo sepan, necesitan saberlo. De ahí que todos son sobresalientes en estas otras notas. Igual que necesitan saber cómo van en mates y educación física, necesitan saber que tienen muchas cualidades que los hacen increíbles y necesitan seguir trabajándolas.
¿Cree que el sistema educativo solo se preocupa por las competencias más académicas?
Tradicionalmente ha sido así. Hace tiempo que nos piden evaluar por competencias y el lenguaje en la evaluación va cambiando. La ley, con algunas trabas y mucho por mejorar, va abriendo camino en este sentido. Pero hay que ser realista y si se miran los boletines de notas son fríos, centrados en lo académico, sin mirar más allá. Y los niños necesitan ver qué tienen de bueno, qué cualidades tienen y que los valoren. El boom ha sido que tuve la osadía de meter estas calificaciones en un boletín de notas y equipararlas con las notas oficiales.
¿Qué le parece el sistema de notas en general? ¿Necesitaríamos darle una pensada? No creo que nadie sepa qué significa un 7 en Matemáticas. ¿Sería partidario de dejar de evaluar con números?
Yo creo que sí. Al menos en primaria debería desaparecer y dejar de plantearnos la evaluación como una nota numérica, como una escala, y plantearnos la evaluación como qué habilidades tiene un niño, qué es capaz de hacer, en qué nivel está, qué problemas tiene respecto a este contenido u otro, qué desempeño tiene respecto al objetivo planteado. Que la evaluación sea entrega de información específica de cada alumno, que enriquezca. Una simple nota, un numerito no lo pondría directamente y cada vez me cuesta más. Lo hago, claro, pero cada vez me cuesta más.
La LOMCE mucho no habrá ayudado con esta cuestión, supongo.
Mucho no ha ayudado.
¿Y algo?
A todo se le puede sacar algo positivo. De la LOMCE se pueden sacar cositas, pero mucho favor no nos ha hecho. Las leyes educativas en este país cambian tan a corto plazo… No nos dejan terminar de trabajar bien con una cuando llega otra y no están pensadas desde los maestros, que son quienes tienen que pensar estas cosas. Si les dieran más voz y sobre todo más voto a los docentes saldría algo más real, más práctico. Solo te tienes que dar una vuelta por Twitter y ver la de miles y miles de docentes en este país que hacen cosas maravillosas, que están todos los días luchando por sus alumnos a pie de aula. Tenemos tantos recursos humanos que si les escucharan y les tuvieran en cuenta sería un buen camino.
“Miles de docentes que hacen cosas maravillosas”. ¿La innovación está en manos de la iniciativa privada de los docentes un poco pese al sistema?
En muchos casos es así. Nos encontramos cada vez más con colegios, equipos directivos que empiezan a apostar no por una metodología concreta, no hace falta poner nombres, sino que apuestan por cambiar cosas. La innovación es hacer cosas de manera diferente, dar un pequeño giro y llevarlas a lo que gusta un poco más a los alumnos. Cada vez se apuesta más, pero parece que es a base de un cole o un equipo directivo que se arranca y empieza a cambiar cosas. Pero yo estoy contento porque cada vez se ve más, hay movimiento, docentes que se preocupan por formarse y cambiar. Docentes que se animan a compartir sus tareas, sus proyectos, etc. Y ese proceso es una maravilla y es imparable. La creatividad y pasión que tiene un docente está por encima de leyes educativas y evaluaciones y cualquier otra historia.
Usted forma a maestros también. ¿Son buenos alumnos?
Son dos ámbitos diferentes. Disfruto mucho estando con docentes, veo mucha vocación, muchas ganas de aprender a hacer cosas diferentes, investigar, aprender cosas nuevas, reciclarse. Me encuentro con muchos colegios, muchos claustros que te reciben con brazos abiertos y se traduce en mucha gratitud y te mandan proyectos que hacen. Me encanta ese proceso. Pero por otro lado, estar a pie del cañón con los enanos en clase todos los días no tiene nombre, es insustituible.
¿Recomendaría a sus hijos ser profesores?
No recomiendo nada. Recomiendo que cada uno siga lo que le hace feliz y con lo que se sienta a gusto. Si alguno acaba siendo profesor seré feliz por él porque es lo que le gusta, pero por él, no por mí. Que cada uno haga lo que le llene y le haga feliz. Que sigan el sendero de lo que les llene, que después nos encontramos con títulos bajo el brazo que no nos completan profesionalmente, y eso es un poco más triste. Pero por vivir la experiencia, desde luego por cómo la vivo yo, no sería capaz de disfrutar otra profesión como esta, cada es una aventura nueva y como profesión es un regalo.



Autor
Daniel Sánchez Caballero
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viernes, 12 de febrero de 2021

Pensando la Evaluación en tiempos de Pandemia.

 Aquellos tatuajes del alma religan el aprendizaje sobre la evaluación a través de experiencias que narran las respuestas que han ofrecido algunos estudiantes a la pregunta: ¿qué es lo más significativo que te ha pasado cuando te han evaluado en el sistema educativo?.



 De las características comunes menciona que la mayoría tiene un componente negativo, doloroso, amargo; los relatos se tiñen de sentimientos, hay plena hegemonía del examen como instrumento de control, el rol jerárquico lo mantiene quien evalúa y se menciona el carácter homogeneizador de la evaluación.

 

Este tiempo de crisis convoca a revisitar los “tatuajes en el alma” de la evaluación, reconstituyendo la mirada desde un proceso dialógico reflexivo que promueve el compromiso ético que los convierta subjetivamente en  autores y actores de su propio proceso.

 

La evaluación es un fenómeno que permite poner sobre el tapete las concepciones psicológicas, pedagógicas y políticas implícitas que acompañan en forma continua dicho proceso, analizando las potencialidades y dificultades, desde dónde se parte y con qué bagaje se viaja en la aventura del conocer, encontrando obstáculos, contradicciones propias del camino, temores,  ansiedades, variedad de soluciones ofrecidas, imprevistos que replantean nuevos interrogantes y posibilitan encuentros con el objeto construido.

 

 La evaluación educativa es un proceso continuo de búsqueda para la comprensión y el logro del deseo común y colectivo. Se considera como un acto político que recupera la toma de decisiones democráticas que garantizan el derecho a la educación.

 

La Subsecretaría de Educación Superior invita a la reflexión acerca de la evaluación evocada por la Dra María Eugenia Menna, quien convoca al pensamiento crítico acerca del punto nodal de la educación en tiempos de excepción sanitaria con fuerte impacto en el sistema educativo. 

Subsecretaría de Educación Superior.

Mg. Patricia Moscato.

 

Pensando la Evaluación en tiempos de Pandemia

La EVALUACIÓN constituye una complejidad en la práctica educativa por la mutiplicidad de factores y de dimensiones que en ella se ponen en juego.

 

Partiendo de la idea que este término ha adquirido múltiples connotaciones y significados a lo largo de los diferentes modelos curriculares y, siguiendo a Steiman (2009) quien define a la evaluación como un “Proceso que a partir del conocimiento y comprensión de cierta información, permite desde una actitud dialógica, emitir un juicio de valor acerca de las prácticas de enseñanza y/o prácticas de aprendizaje en un determinado contexto socio-histórico en el cual intervienen con particularidad significante lo social amplio, la institución, el objeto de conocimiento, el grupo de alumnos/as, el/la docente  y que, a la vez posibilita tomar decisiones referidas a la práctica de referencia y exige comunicar a docentes y alumnos/as –por medio de enunciados argumentativos- el juicio de valor emitido y las orientaciones que, derivadas de éste, resulten necesarias para la mejora de la práctica”, se puede afirmar que en tiempos de “no presencialidad” esta complejidad se profundizó mucho más, pero no paralizó al colectivo docente, sino todo lo contrario, se transformó en una oportunidad para reflexionar y potenciar la evaluación desde sus múltiples dimensiones.

 

La realidad demuestra que la revisión de las prácticas evaluativas ha movilizado a la acción transformadora de profesores y directivos buscando nuevas estrategias, diferentes entornos virtuales y aplicaciones informáticas. La docencia online fue la característica de este tiempo y, la evaluación como parte del proceso de enseñar y de aprender se sumó a esa propuesta desde la virtualidad.

Hoy, muy próximos a la finalización del ciclo académico 2020, estudiantes y profesores están poniendo en acción las más variadas aplicaciones: Collaborate, Zoom, Jitsi, Google Meet, Hanghouts, Skype como así también las videollamadas y el uso de whatsapp se han sumado en el día a día de la enseñanza y el aprendizaje, además de potenciarse en los procesos de evaluación con el firme propósito de  garantizar el derecho de los estudiantes a acreditar sus saberes, a continuar con su formación y a finalizar sus estudios superiores.

 

No hay duda que este tiempo interpela las concepciones personales y las prácticas docentes pero también da la posibilidad de concretar propuestas que se conocen desde el lugar de la teoría pero hoy, el reto es hacerlas realidad. Buscar las evidencias de aprendizaje, es decir “aquello que demuestre que nuestros estudiantes saben lo que queremos que sepan”, no ha sido tarea sencilla fue y sigue siendo un desafío diario. Gracias a todas estas estrategias desarrolladas y puestas en acción durante el año se puede afirmar que los profesores han logrado un equilibrio entre la enseñanza y el aprendizaje de diversos saberes teóricos y prácticos que posibilitan a los estudiantes acreditar las diferentes unidades académicas.

 

No hay duda que este tiempo de ASPO y DISPO permite “valorar” otros aspectos de la realidad educativa privilegiando la retroalimentación como posibilidad de brindar información sobre los aprendizajes, fortaleciendo los procesos metacognitivos, entendiéndolos como la capacidad de los estudiantes para conocer sus propios procesos de aprendizaje, los que se hacen evidentes cuando explicitan cómo hicieron una actividad, qué dificultades tuvieron al resolverla y los modos de conocer y expresar sus emociones y sentimientos favoreciendo el AUTOCONOCIMIENTO y la  AUTONOMÍA necesarios para convertirse en verdaderos actores de transformación social

 

En esta breve reflexión sobre qué significa evaluar en tiempos de pandemia es necesario resaltar y reconocer el esfuerzo que todo el colectivo docente, en este caso de Nivel Superior, están llevando adelante para sostener el vínculo pedagógico y acompañar trayectorias estudiantiles.

Además, es oportuno dejar un mensaje esperanzador en virtud de los nuevos aprendizajes que este tiempo nos ha dejado, nuevos modos de vincularnos, posibilidades de desarrollar la creatividad y búsqueda constante de profesores y directivos de una evaluación más justa e íntegra que permita a los estudiantes desplegar al máximo sus potencialidades posibilitando dar un paso más hacia el mejor aprendizaje posible de nuestros futuros profesionales.

 

 

 

 

Fuente

https://campuseducativo.santafe.edu.ar/pensando-la-evaluacion-en-tiempos-de-pandemia/

lunes, 8 de febrero de 2021

ENTREVISTA A MARYANNA ABDO:“EN EDUCACIÓN SE PUEDE MEDIR CASI TODO SI HACEMOS LAS PREGUNTAS ADECUADAS”

 Detectar el éxito o fracaso de la acción educativa es el primer paso. Después hay que interpretar los datos y convertirlos en iniciativas que atiendan a cada contexto y sean asímismo evaluables. Hablamos con Maryanna Abdo, managing director del Centre for Evidence and Implementation, sobre este flujo constante que retroalimenta el vínculo entre investigación y práctica educativa.

 


Con sede en Australia, Singapur y Reino Unido, el Centre for Evidence and Implementation asesora a gobiernos y organizaciones de todo el mundo en la mejora de servicios como la educación o la salud. Su fórmula combina la investigación con pautas precisas para transformar lo que nos dice la ciencia en prácticas de éxito. En ese aterrizaje de los números en el mundo real, la adaptación al contexto emerge como la condición que marca la diferencia.

 

Hablamos con Maryanna Abdo, su managing director. Nacida y educada en EEUU, Adbo vive en Asia desde hace casi una década. Allí ha desarrollado diversos proyectos en los que su preocupación por los más desfavorecidos aparece como constante. La estadounidense participa en el próximo congreso digital de WISE, que se celebra entre el 23 y el 25 de este mes. En su cuenta de Twitter, Abdo se define como education nerd.

 

Vemos en los últimos años una especie de fiebre por las evidencias en educación. ¿Existen factores que han desencadenado esta tendencia?

 

Sin duda hay un interés creciente por saber qué funciona y qué no. Pienso que aquí han cobrado un papel relevante los Objetivos del Milenio en cuanto a acceso universal a la educación. Muchos países lograron grandes avances en la primera década del siglo construyendo escuelas, pero ahora las cifras aumentan levemente o se han estancado. Solo construir más escuelas ya no funciona, especialmente en zonas rurales o entre las niñas. Y ahora las autoridades educativas y los que financian la ayuda internacional quieren tomar decisiones a partir de la investigación, de estudios rigurosos que demuestren la efectividad de sus medidas.

 

¿Abundan también los estudios sobre rendimiento en esas nuevas escuelas de países en vías de desarrollo? Entiendo que no es solo un problema de cantidad, sino de calidad.

Sí, se está haciendo un gran esfuerzo por evaluar los resultados. Y en muchos casos, las cifras muestran deficiencias, con porcentajes significativos de alumnos que no alcanzan un nivel mínimo en conocimientos básicos.

 

Medir el acceso a la educación o el aprendizaje en matemáticas o lectoescritura resulta relativamente fácil. Pero la cosa se complica cuando el objeto de estudio se centra en competencias como el pensamiento crítico, la capacidad de síntesis o la creatividad.

Se puede medir casi todo, siempre y cuando se hagan las preguntas adecuadas. Si queremos saber si una práctica aumenta la creatividad, quizá no sea de gran ayuda fijarnos en las notas de exámenes. Pero sí podemos indagar sobre el interés artístico de los alumnos o el número de vocaciones en esa dirección.

 

Tu organización destaca la importancia de saber cómo implementar, mediante prácticas concretas, lo que nos dice la ciencia.

 

Hemos calculado que se necesitan hasta 17 años para transformar una evidencia en una práctica de éxito. Aspiramos a acortar ese tiempo.

 

Uno de los grandes retos en la implementación pasa por adaptar buenos programas a otros contextos educativos. Algo puede funcionar en un sitio pero no en otro. De hecho, varios organismos [EduCaixa en España] apuestan por sintetizar en meta-análisis los resultados de diferentes estudios sobre un mismo tema.

 

Varios factores influyen en el proceso: los currículos nacionales, el enfoque pedagógico, la geografía, variables culturales… Por eso es tan importante saber no solo qué queremos hacer, sino también qué condiciones contribuyen a su éxito. Te pondré un ejemplo, en este caso del sector salud. Un país occidental intentó exportar un modelo de mejora sanitaria -basado en la atención domiciliaria- a otro país asiático. No funcionó, en buena medida por las diferentes relaciones paciente-doctor y las reticencias a recibir atención en casa.

 

¿Ayudaría también acercar a los profesores a los métodos y técnicas de la investigación?

Sin duda. Hemos llevado a cabo recientemente un estudio sobre el uso de las evidencias entre los profesores australianos. Las conclusiones apuntan a un gran margen de mejora en áreas como el acceso a los propios recursos de investigación educativa o la capacidad del docente para identificar evidencias robustas.

 

¿Existe resistencia entre algunos profesores a la hora de cambiar su metodología a la luz de la ciencia?

Me cuesta pronunciarme porque no tengo un contacto frecuente y directo con la primera línea en las escuelas. Pero percibo un gran entusiasmo. Al final, todos queremos hacer bien nuestro trabajo, y estamos abiertos a recibir información que nos ayude a mejorarlo.

 

Para evaluar sistemas educativos en su conjunto, primero hemos de tener más o menos claro para qué queremos educar. Y los fines de la educación no siempre se nos presentan tan obvios.

¿Complica este eterno debate el diseño de buenas investigaciones?

Este tipo de tensiones y visiones divergentes se dan en la mayoría de sistemas educativos. Quizá por ello hemos observado que algunas de las evidencias más sólidas proceden de un nivel menor, a escala escolar o red de escuelas.

 

¿Podrías citar alguna práctica educativa que en principio suena bien pero la ciencia se haya ocupado de desterrar?

No pertenece exactamente al ámbito escolar, pero sí a la educación en sentido amplio. Hay un programa que utilizan en EEUU para disuadir a adolescentes con delitos menores de que sigan por el mal camino. Se llama Scared straight [algo así como Asustado de golpe] y consiste en visitas a prisiones de adultos donde los presos les explican lo que allí les espera si finalmente acaban ingresando. Se trata básicamente de meterles miedo para encauzarles. Parece una excelente idea, ¿no? Pues las evidencias demuestran no solo que no tiene un impacto positivo, sino que puede aumentar la probabilidad de terminar en la cárcel. No sabemos exactamente por qué ocurre esto. Puede ser porque algunos chavales de entornos deprimidos ven la vida en la cárcel como una opción atractiva, con tres comidas al día y un techo. O por la mala influencia que ejercen sobre ellos los presos con quienes tratan durante las visitas. No lo sabemos. Pero la moraleja del cuento se antoja clara: lo que suena bien no siempre está bien.

 

Lo verdaderamente innovador en educación es hacer cosas que sabemos que funcionan y hacerlas bien

¿Es la educación un campo especialmente fértil para lanzar propuestas con un bonito envoltorio y escaso fundamento?

Creo firmemente que la innovación tiene un enorme potencial transformador, y para innovar hay que arriesgar. Pero te diré algo que mi jefe asegura con frecuencia: lo verdaderamente innovador en educación es hacer cosas que sabemos que funcionan y hacerlas bien. Sean estas innovadoras o tradicionales. ¿Por qué distraernos con el brillo de la última novedad cuando a veces ni siquiera hemos intentado lo que ya sabemos con certeza que funciona?

 

A veces el debate tradición/innovación se plantea como si fueran opciones incompatibles. Hay estudios que reconcilian ambas posturas y concluyen que innovar es bueno, pero solo cuando el alumno ha asimilado una buena base de conocimiento, que quizá haya que enseñarle mediante metodologías clásicas.

Algo similar ocurre con la relación entre competencias digitales y socioemocionales. Cada vez hay un mayor consenso en cuanto a que el potencial de las primeras solo se puede desarrollar plenamente cuando el alumno confía en su capacidad para pensar críticamente y se siente cómodo colaborando y trabajando en equipo.

 

¿Qué podemos esperar en el futuro próximo de la investigación educativa? ¿Habrá campos de análisis predilectos?

Por razones obvias, la educación a distancia será uno de ellos. O la falta de medios tecnológicos para acceder a ella y cómo estas carencias influyen a la hora de que muchísimos alumnos se alejen, puede que definitivamente, de la escuela. El otro día escuché en una conferencia virtual que, durante el confinamiento, solo el 25 % de alumnos en India han dispuesto de tecnología para continuar aprendiendo. También se dijo que, durante la crisis del ébola, en Liberia se triplicó el porcentaje de alumnos sin escolarizar. Son datos terribles que requieren respuestas, y la investigación puede contribuir a dar las más efectivas.

 

En tu cuenta de Twitter te defines como education nerd [de difícil traducción, en castellano nerd sería una mezcla de empollona, pringada y obsesa]. ¿Qué implica ser una education nerd?

[Risas] Pienso que el sector educativo es el más interesante, con tantas variables, tan complejo y apasionante. Vivimos además un momento de cambio que lo hace aún más fascinante. Flujos de estudiantes internacionales, nuevas competencias para un futuro incierto… Podría hablar horas y horas sobre mi pasión por la educación, pero no creo que proceda. [Risas]

 

 

 

Autor: Rodrigo Santodomingo

Fuente e imagen: https://eldiariodelaeducacion.com/2020/06/24/en-educacion-se-puede-medir-casi-todo-si-hacemos-las-preguntas-adecuadas/

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