jueves, 10 de mayo de 2012

Lo bueno en las Evaluaciones Educativas

La evaluación como instrumento y como objeto de estudio, ha cobrado gran importancia, y en estos párrafos se tratará los aspectos positivos ¿Es necesaria la Evaluación? ¿Podemos mejorarla? ¿Puede servir para lograr mejoras? ¿Ayuda a aprender?



La evaluación como recurso imprescindible para lograr la calidad
Aunque el término de calidad es polisémico, manifiestamente elástico y acomodaticio (Escudero, 2003), lo cierto es que, como quiera que se le defina, siempre va a guardar una relación intrínseca con la evaluación (Santos). Resulta difícil decir algo acerca de la calidad de un proceso o producto si no se evalúa. Por su parte, toda evaluación siempre se hace con base en un modelo que sirve como patrón o estándar de comparación, a partir del cual se determina el mérito o valor del objeto evaluado. El estándar indica lo bueno que debería ser.

Son las personas las que han de definir el estándar, a veces, el evaluador es quien establece el estándar. A menudo ocurre que personas diferentes tienen estándares también distintos. La evaluación podría ser una actividad bastante simple si contáramos con estándares sobre los que todos estuviéramos de acuerdo. Fijar estándares es pues una labor sumamente difícil (Stake). 

A su vez, para que la evaluación tenga valor debe ser de calidad, es decir, no vale cualquier tipo de evaluación, ésta debe poseer un valor en sí misma. Esto que parece una verdad de perogrullo, no lo es tanto, porque en la práctica vemos como muchas veces el afán se pone en hacer muchas evaluaciones como si este hecho por sí solo bastara para conseguir la calidad de la educación. No se trata de evaluar constantemente porque si las evaluaciones son pobres o apócrifas no sólo no harán ninguna contribución a la calidad, sino que pueden resultar contraproducentes porque pueden “vacunar” a los participantes contra la evaluación o provocar que ésta caiga en el desprestigio. 

Sin embargo, a pesar de las críticas que se le puedan formular, lo cierto es que se ha conseguido que la evaluación forme parte de la vida cotidiana de las instituciones educativas y sea reconocida por los diferentes actores –aunque se le asignan sentidos diversos–, lo cual no es un logro menor.

La evaluación no se puede abolir pero si se puede reformar
La evaluación es una práctica que llegó para quedarse. Nunca más podremos volver a la época anterior cuando en las instituciones educativas las cosas se dejaban casi al libre albedrío de los encargados de su funcionamiento, quienes discrecionalmente manejaban y distribuían los recursos prácticamente sin ningún tipo de control o supervisión.

De la mano de la evaluación ha llegado el accountability o la rendición de cuentas, tal exigencia resulta admisible cuando se reconoce que el sistema estatal de educación opera con fondos públicos, por tanto, el manejo del dinero debe hacerse con absoluta transparencia. En una sociedad democrática es un imperativo informar oportunamente a los ciudadanos en qué se gasta el dinero de sus impuestos y, además, que los responsables de administrar tales recursos lo hagan de forma eficiente y eficaz. 

En este nuevo escenario, la improvisación y el azar ahora son vistos como taras que frenan e impiden el buen funcionamiento de los centros escolares. En su lugar, se está edificando una cultura de la evaluación, campo que continúa representando el Talón de Aquiles del sistema educativo mexicano. Habría que admitir que este cambio, aún incipiente, se está emprendiendo con errores y tropiezos, quizá ése sea el precio a pagar cuando se quiere perfilar un sistema educativo en el que la evaluación ocupe un lugar destacado. 

Así las cosas, si la evaluación no la podemos eliminar de nuestras vidas, no nos queda más remedio que aprender a convivir con ella y sacarle el máximo provecho posible. Pero para que esto ocurra hay que hacer buenas evaluaciones (no muchas, las necesarias) lo cual exige reformar –en algunos casos será necesario reemplazar o desechar las existentes por otras más razonables- las evaluaciones que hacemos actualmente, porque tal como las hemos estado diseñando y aplicando, lo cierto es que estamos lejos de emplear la evaluación como un medio para la mejora de las escuelas.

La evaluación entendida como un proceso formativo
Desde que Scriven (1967) en la década de los sesenta estableció la distinción entre evaluación formativa y sumativa, en el discurso se han enfatizado las bondades de la evaluación formativa, aunque en la práctica ésta ha permanecido a la sombra de la sumativa, cuya hegemonía en nuestro sistema educativo sigue siendo notoria. 

La evaluación es buena sólo si sirve para enriquecer plenamente a las personas que en ella intervienen (Hopkins) y para desarrollar los programas e instituciones evaluadas; si produce confianza y deseos para continuar aprendiendo a lo largo de la vida. Una de las funciones pedagógicas más importantes es aquella que se emplea para que los evaluados identifiquen y reconozcan las fortalezas de su aprendizaje y lo que aún les falta por lograr. Para ello, la información que genera la evaluación debe ser oportuna y clara, comprensible para los evaluados. También debe servir para que el docente analice y reflexione acerca de su práctica, debe brindarle datos para tomar decisiones informadas que le posibiliten reorientar el proceso de enseñanza-aprendizaje, en caso necesario. Como bien ha señalado Bolívar:
La evaluación, se debe dirigir a juzgar el valor tanto de los aprendizajes alcanzados, como a los procesos que los han desarrollado. Referida al alumno la evaluación debía servir como instrumento para indicar en qué dimensiones se debe incidir más prioritariamente en el proceso de enseñanza y aprendizaje, orientar acerca del modo más adecuado para reforzar los aspectos a tener en cuenta, y detectar los progresos alcanzados.

La evaluación in strictu sensu siempre será formativa, lo que significa que toda experiencia de evaluación debe educar a quienes participan de ella (Álvarez). Este tipo de evaluación se caracteriza por ser continua y estar integrada de manera natural en el proceso de enseñanza-aprendizaje mientras éste ocurre, no debe ser vista como un agregado al final del proceso (Gimeno; Moreno). 

En este artículo defendemos la necesidad de poner la evaluación al servicio del alumno, pero esta idea, debemos admitirlo, tiene poco de novedosa.
No es una idea nueva que la evaluación pueda ayudar al aprendizaje del alumno. Desde que existe la escuela los pedagogos se rebelan contra las notas y quieren poner la evaluación al servicio del alumno, más que al del sistema. No se terminan de redescubrir esas evidencias y cada generación cree que “ya nada será como antes”. Lo que no impide a la siguiente proseguir el mismo camino y conocer las mismas desilusiones (Perrenoud).

La evaluación como fuente de motivación para aprender
Una de las funciones pedagógicas más importantes de la evaluación es la motivación que puede producir en los participantes. La investigación más reciente ha revelado que lo que hace más efectivo el aprendizaje, es que los alumnos se involucren activamente en el proceso de evaluación (Stiggins). Las formas en las cuales la evaluación puede afectar la motivación y la autoestima de los alumnos, así como los beneficios que implica comprometerlos en la autoevaluación, sugieren que ambos merecen una cuidadosa atención. 

Los alumnos sólo pueden evaluarse a sí mismos cuando tienen una imagen suficientemente clara de las metas que están aprendiendo. Y muchos alumnos carecen de tal imagen. Si a los educandos se les dan solamente notas o calificaciones, ellos no se beneficiarán de la retroalimentación de su trabajo. En este tenor se menciona que “cuando a los estudiantes se les da una nota final en una tarea junto con comentarios formativos, es altamente probable que ellos atiendan sólo la nota y no tomen en serio los comentarios” (Butler; citado por Moreno). 

La mayoría de nosotros hemos crecido en aulas en las cuales nuestros profesores creían que la forma de potenciar el aprendizaje era maximizar la ansiedad, y la evaluación siempre tenía que ser el intimidador más grande. A causa de sus propias experiencias exitosas en ascender a posiciones de liderazgo y autoridad, la mayoría de los políticos y líderes escolares aprendieron que el camino para el éxito –cuando se enfrentan con un fuerte desafío- es redoblar sus esfuerzos. Es decir, ellos consideran que la forma de provocar que los alumnos aprendan más es enfrentarlos con un reto más difícil. Esto provocará que dupliquen sus esfuerzos, con lo que aprenderán más, sus puntuaciones en las pruebas subirán y las escuelas serán más efectivas. 

Según esta óptica, se piensa que se puede motivar a los alumnos para un esfuerzo mayor, “estableciendo estándares académicos más altos”, “subiendo el listón” e implementando más pruebas de alto impacto (high-stakes tests). Éste es el fundamento de la creencia en el poder de las pruebas estandarizadas orientadas hacia la rendición de cuentas para la mejora de la escuela. 

De hecho, cuando algunos alumnos son enfrentados con un desafío más difícil mediante pruebas de alto impacto, lo que ellos hacen es doblar sus esfuerzos, y aprenden más de lo que podrían haber aprendido sin el incentivo adicional. Pero hay que hacer notar, sin embargo, que esto es cierto sólo para algunos alumnos.

Otro amplio segmento de la población escolar, cuando es enfrentado con un reto todavía más difícil que el primero en el que ya ha fracasado, no redoblará sus esfuerzos –un punto que la mayoría de la gente olvida. Estos alumnos verán los altos estándares y las demandas por puntuaciones más altas en las pruebas como inalcanzables, y caerán en la desesperanza.
Por lo tanto, es irracional construir nuestros ambientes de evaluación sobre el supuesto de que las pruebas estandarizadas tendrán el mismo efecto en todos los alumnos. Esto no sucederá. Algunos alumnos encaran las pruebas con un historial personal académico fuerte y una expectativa de éxito. Algunos alumnos vienen a dar muerte al dragón, mientras que otros esperan ser devorados por él” (Stiggins). Como resultado, la evaluación de alto impacto fortalecerá el aprendizaje de algunos mientras desmotivará a otros y causará en ellos desesperanza.

Evaluación del aprendizaje y para el aprendizaje
Hay otra forma en la que la evaluación puede contribuir al desarrollo de escuelas efectivas que ha sido en gran parte ignorada en la evolución de los estándares, la evaluación y el movimiento de la rendición de cuentas. Nosotros también podemos usar la evaluación para aprender, término acuñado por el Grupo de Reforma de la Evaluación (Assessment Reform Group, 1999). 

Si las evaluaciones del aprendizaje proveen evidencia del logro para informes públicos, las evaluaciones para el aprendizaje sirven para ayudar a los estudiantes a aprender más. La distinción crucial está entre una evaluación para determinar el estatus del aprendizaje y una evaluación para promover un aprendizaje mayor.

Tanto las evaluaciones del aprendizaje como para el aprendizaje son importantes. Aunque actualmente tenemos muchas evaluaciones del aprendizaje disponibles, si queremos balancear las dos, debemos hacer una inversión mucho más fuerte en la evaluación para el aprendizaje. 

Se pueden obtener beneficios sin precedentes en el logro si convertimos el actual proceso diario de evaluación en el aula en un instrumento más poderoso para el aprendizaje. Para ello, es necesario proveer a los profesores con las herramientas de evaluación que necesitan para hacer mejor su trabajo.

Lo anterior es intentar equiparar la idea de evaluación para el aprendizaje con un término común entre nosotros: “evaluación formativa”. Pero no son lo mismo. La evaluación para el aprendizaje es algo que va más allá de las pruebas frecuentes y no provee a los profesores de evidencia, de modo que ellos puedan revisar la enseñanza, aunque esos pasos son parte de esto. Además, la evaluación para el aprendizaje debe incluir a los estudiantes en el proceso.

Cuando los profesores evalúan para el aprendizaje, usan el proceso de evaluación en el aula y el continuo flujo de información acerca del logro del alumno que esto provee, a fin de obtener ventajas, no sólo de verificar el aprendizaje del alumno. 

En resumen, el efecto de la evaluación para el aprendizaje consiste en que los alumnos se mantengan aprendiendo y permanezcan confiados en que ellos pueden continuar aprendiendo productivamente. En otras palabras, que no caigan en la frustración ni en la desesperanza.

Si se quiere conectar a la evaluación con la mejora de la escuela en formas significativas, debemos ver a la evaluación a través de nuevos ojos. Nuestros actuales sistemas de evaluación son dañinos para un gran número de alumnos y ese daño surge, entre otras causas, de nuestro fracaso para balancear el uso de las pruebas estandarizadas y las evaluaciones de aula al servicio de la mejora escolar. 

Hoy en día sabemos cómo construir sanos ambientes de evaluación que puedan satisfacer las necesidades de información de todos los que toman decisiones de enseñanza, ayudar a los alumnos a que quieran aprender y se sientan capaces de aprender y así apoyar un incremento significativo en sus logros de aprendizaje. Pero para lograr esta meta debemos establecer mecanismos que hagan posible una evaluación sana, lo cual requerirá que empecemos por ver a la evaluación de un modo distinto. El bienestar de nuestros alumnos depende de nuestra buena voluntad para hacerlo así. Si deseamos maximizar el logro de los educandos, debemos poner una mayor atención a la mejora de la evaluación de aula (Stiggins, 2002).


Autor
Tiburcio Moreno Olivos
Doctor en Pedagogía por la Universidad de Murcia (España). Profesor Investigador de Tiempo Completo Titular C. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Académica de Ciencias de la Educación. Coordinador de la línea de investigación: Currículum, Innovación Pedagógica y Formación. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1 y del COMIE. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran el libro. «La Evaluación de los Alumnos en la Universidad: Un estudio etnográfico». (2010).Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.


La evaluación como instrumento y como objeto de estudio, ha cobrado gran importancia, y en estos párrafos se tratará los aspectos positivos ¿Es necesaria la Evaluación? ¿Podemos mejorarla? ¿Puede servir para lograr mejoras? ¿Ayuda a aprender?

La evaluación como recurso imprescindible para lograr la calidad
Aunque el término de calidad es polisémico, manifiestamente elástico y acomodaticio (Escudero, 2003), lo cierto es que, como quiera que se le defina, siempre va a guardar una relación intrínseca con la evaluación (Santos). Resulta difícil decir algo acerca de la calidad de un proceso o producto si no se evalúa. Por su parte, toda evaluación siempre se hace con base en un modelo que sirve como patrón o estándar de comparación, a partir del cual se determina el mérito o valor del objeto evaluado. El estándar indica lo bueno que debería ser.

Son las personas las que han de definir el estándar, a veces, el evaluador es quien establece el estándar. A menudo ocurre que personas diferentes tienen estándares también distintos. La evaluación podría ser una actividad bastante simple si contáramos con estándares sobre los que todos estuviéramos de acuerdo. Fijar estándares es pues una labor sumamente difícil (Stake). 

A su vez, para que la evaluación tenga valor debe ser de calidad, es decir, no vale cualquier tipo de evaluación, ésta debe poseer un valor en sí misma. Esto que parece una verdad de perogrullo, no lo es tanto, porque en la práctica vemos como muchas veces el afán se pone en hacer muchas evaluaciones como si este hecho por sí solo bastara para conseguir la calidad de la educación. No se trata de evaluar constantemente porque si las evaluaciones son pobres o apócrifas no sólo no harán ninguna contribución a la calidad, sino que pueden resultar contraproducentes porque pueden “vacunar” a los participantes contra la evaluación o provocar que ésta caiga en el desprestigio. 

Sin embargo, a pesar de las críticas que se le puedan formular, lo cierto es que se ha conseguido que la evaluación forme parte de la vida cotidiana de las instituciones educativas y sea reconocida por los diferentes actores –aunque se le asignan sentidos diversos–, lo cual no es un logro menor.

La evaluación no se puede abolir pero si se puede reformar
La evaluación es una práctica que llegó para quedarse. Nunca más podremos volver a la época anterior cuando en las instituciones educativas las cosas se dejaban casi al libre albedrío de los encargados de su funcionamiento, quienes discrecionalmente manejaban y distribuían los recursos prácticamente sin ningún tipo de control o supervisión.

De la mano de la evaluación ha llegado el accountability o la rendición de cuentas, tal exigencia resulta admisible cuando se reconoce que el sistema estatal de educación opera con fondos públicos, por tanto, el manejo del dinero debe hacerse con absoluta transparencia. En una sociedad democrática es un imperativo informar oportunamente a los ciudadanos en qué se gasta el dinero de sus impuestos y, además, que los responsables de administrar tales recursos lo hagan de forma eficiente y eficaz. 

En este nuevo escenario, la improvisación y el azar ahora son vistos como taras que frenan e impiden el buen funcionamiento de los centros escolares. En su lugar, se está edificando una cultura de la evaluación, campo que continúa representando el Talón de Aquiles del sistema educativo mexicano. Habría que admitir que este cambio, aún incipiente, se está emprendiendo con errores y tropiezos, quizá ése sea el precio a pagar cuando se quiere perfilar un sistema educativo en el que la evaluación ocupe un lugar destacado. 

Así las cosas, si la evaluación no la podemos eliminar de nuestras vidas, no nos queda más remedio que aprender a convivir con ella y sacarle el máximo provecho posible. Pero para que esto ocurra hay que hacer buenas evaluaciones (no muchas, las necesarias) lo cual exige reformar –en algunos casos será necesario reemplazar o desechar las existentes por otras más razonables- las evaluaciones que hacemos actualmente, porque tal como las hemos estado diseñando y aplicando, lo cierto es que estamos lejos de emplear la evaluación como un medio para la mejora de las escuelas.

La evaluación entendida como un proceso formativo
Desde que Scriven (1967) en la década de los sesenta estableció la distinción entre evaluación formativa y sumativa, en el discurso se han enfatizado las bondades de la evaluación formativa, aunque en la práctica ésta ha permanecido a la sombra de la sumativa, cuya hegemonía en nuestro sistema educativo sigue siendo notoria. 

La evaluación es buena sólo si sirve para enriquecer plenamente a las personas que en ella intervienen (Hopkins) y para desarrollar los programas e instituciones evaluadas; si produce confianza y deseos para continuar aprendiendo a lo largo de la vida. Una de las funciones pedagógicas más importantes es aquella que se emplea para que los evaluados identifiquen y reconozcan las fortalezas de su aprendizaje y lo que aún les falta por lograr. Para ello, la información que genera la evaluación debe ser oportuna y clara, comprensible para los evaluados. También debe servir para que el docente analice y reflexione acerca de su práctica, debe brindarle datos para tomar decisiones informadas que le posibiliten reorientar el proceso de enseñanza-aprendizaje, en caso necesario. Como bien ha señalado Bolívar:
La evaluación, se debe dirigir a juzgar el valor tanto de los aprendizajes alcanzados, como a los procesos que los han desarrollado. Referida al alumno la evaluación debía servir como instrumento para indicar en qué dimensiones se debe incidir más prioritariamente en el proceso de enseñanza y aprendizaje, orientar acerca del modo más adecuado para reforzar los aspectos a tener en cuenta, y detectar los progresos alcanzados.

La evaluación in strictu sensu siempre será formativa, lo que significa que toda experiencia de evaluación debe educar a quienes participan de ella (Álvarez). Este tipo de evaluación se caracteriza por ser continua y estar integrada de manera natural en el proceso de enseñanza-aprendizaje mientras éste ocurre, no debe ser vista como un agregado al final del proceso (Gimeno; Moreno). 

En este artículo defendemos la necesidad de poner la evaluación al servicio del alumno, pero esta idea, debemos admitirlo, tiene poco de novedosa.
No es una idea nueva que la evaluación pueda ayudar al aprendizaje del alumno. Desde que existe la escuela los pedagogos se rebelan contra las notas y quieren poner la evaluación al servicio del alumno, más que al del sistema. No se terminan de redescubrir esas evidencias y cada generación cree que “ya nada será como antes”. Lo que no impide a la siguiente proseguir el mismo camino y conocer las mismas desilusiones (Perrenoud).

La evaluación como fuente de motivación para aprender
Una de las funciones pedagógicas más importantes de la evaluación es la motivación que puede producir en los participantes. La investigación más reciente ha revelado que lo que hace más efectivo el aprendizaje, es que los alumnos se involucren activamente en el proceso de evaluación (Stiggins). Las formas en las cuales la evaluación puede afectar la motivación y la autoestima de los alumnos, así como los beneficios que implica comprometerlos en la autoevaluación, sugieren que ambos merecen una cuidadosa atención. 

Los alumnos sólo pueden evaluarse a sí mismos cuando tienen una imagen suficientemente clara de las metas que están aprendiendo. Y muchos alumnos carecen de tal imagen. Si a los educandos se les dan solamente notas o calificaciones, ellos no se beneficiarán de la retroalimentación de su trabajo. En este tenor se menciona que “cuando a los estudiantes se les da una nota final en una tarea junto con comentarios formativos, es altamente probable que ellos atiendan sólo la nota y no tomen en serio los comentarios” (Butler; citado por Moreno). 

La mayoría de nosotros hemos crecido en aulas en las cuales nuestros profesores creían que la forma de potenciar el aprendizaje era maximizar la ansiedad, y la evaluación siempre tenía que ser el intimidador más grande. A causa de sus propias experiencias exitosas en ascender a posiciones de liderazgo y autoridad, la mayoría de los políticos y líderes escolares aprendieron que el camino para el éxito –cuando se enfrentan con un fuerte desafío- es redoblar sus esfuerzos. Es decir, ellos consideran que la forma de provocar que los alumnos aprendan más es enfrentarlos con un reto más difícil. Esto provocará que dupliquen sus esfuerzos, con lo que aprenderán más, sus puntuaciones en las pruebas subirán y las escuelas serán más efectivas. 

Según esta óptica, se piensa que se puede motivar a los alumnos para un esfuerzo mayor, “estableciendo estándares académicos más altos”, “subiendo el listón” e implementando más pruebas de alto impacto (high-stakes tests). Éste es el fundamento de la creencia en el poder de las pruebas estandarizadas orientadas hacia la rendición de cuentas para la mejora de la escuela. 

De hecho, cuando algunos alumnos son enfrentados con un desafío más difícil mediante pruebas de alto impacto, lo que ellos hacen es doblar sus esfuerzos, y aprenden más de lo que podrían haber aprendido sin el incentivo adicional. Pero hay que hacer notar, sin embargo, que esto es cierto sólo para algunos alumnos.

Otro amplio segmento de la población escolar, cuando es enfrentado con un reto todavía más difícil que el primero en el que ya ha fracasado, no redoblará sus esfuerzos –un punto que la mayoría de la gente olvida. Estos alumnos verán los altos estándares y las demandas por puntuaciones más altas en las pruebas como inalcanzables, y caerán en la desesperanza.
Por lo tanto, es irracional construir nuestros ambientes de evaluación sobre el supuesto de que las pruebas estandarizadas tendrán el mismo efecto en todos los alumnos. Esto no sucederá. Algunos alumnos encaran las pruebas con un historial personal académico fuerte y una expectativa de éxito. Algunos alumnos vienen a dar muerte al dragón, mientras que otros esperan ser devorados por él” (Stiggins). Como resultado, la evaluación de alto impacto fortalecerá el aprendizaje de algunos mientras desmotivará a otros y causará en ellos desesperanza.

Evaluación del aprendizaje y para el aprendizaje
Hay otra forma en la que la evaluación puede contribuir al desarrollo de escuelas efectivas que ha sido en gran parte ignorada en la evolución de los estándares, la evaluación y el movimiento de la rendición de cuentas. Nosotros también podemos usar la evaluación para aprender, término acuñado por el Grupo de Reforma de la Evaluación (Assessment Reform Group, 1999). 

Si las evaluaciones del aprendizaje proveen evidencia del logro para informes públicos, las evaluaciones para el aprendizaje sirven para ayudar a los estudiantes a aprender más. La distinción crucial está entre una evaluación para determinar el estatus del aprendizaje y una evaluación para promover un aprendizaje mayor.

Tanto las evaluaciones del aprendizaje como para el aprendizaje son importantes. Aunque actualmente tenemos muchas evaluaciones del aprendizaje disponibles, si queremos balancear las dos, debemos hacer una inversión mucho más fuerte en la evaluación para el aprendizaje. 

Se pueden obtener beneficios sin precedentes en el logro si convertimos el actual proceso diario de evaluación en el aula en un instrumento más poderoso para el aprendizaje. Para ello, es necesario proveer a los profesores con las herramientas de evaluación que necesitan para hacer mejor su trabajo.

Lo anterior es intentar equiparar la idea de evaluación para el aprendizaje con un término común entre nosotros: “evaluación formativa”. Pero no son lo mismo. La evaluación para el aprendizaje es algo que va más allá de las pruebas frecuentes y no provee a los profesores de evidencia, de modo que ellos puedan revisar la enseñanza, aunque esos pasos son parte de esto. Además, la evaluación para el aprendizaje debe incluir a los estudiantes en el proceso.

Cuando los profesores evalúan para el aprendizaje, usan el proceso de evaluación en el aula y el continuo flujo de información acerca del logro del alumno que esto provee, a fin de obtener ventajas, no sólo de verificar el aprendizaje del alumno. 

En resumen, el efecto de la evaluación para el aprendizaje consiste en que los alumnos se mantengan aprendiendo y permanezcan confiados en que ellos pueden continuar aprendiendo productivamente. En otras palabras, que no caigan en la frustración ni en la desesperanza.

Si se quiere conectar a la evaluación con la mejora de la escuela en formas significativas, debemos ver a la evaluación a través de nuevos ojos. Nuestros actuales sistemas de evaluación son dañinos para un gran número de alumnos y ese daño surge, entre otras causas, de nuestro fracaso para balancear el uso de las pruebas estandarizadas y las evaluaciones de aula al servicio de la mejora escolar. 

Hoy en día sabemos cómo construir sanos ambientes de evaluación que puedan satisfacer las necesidades de información de todos los que toman decisiones de enseñanza, ayudar a los alumnos a que quieran aprender y se sientan capaces de aprender y así apoyar un incremento significativo en sus logros de aprendizaje. Pero para lograr esta meta debemos establecer mecanismos que hagan posible una evaluación sana, lo cual requerirá que empecemos por ver a la evaluación de un modo distinto. El bienestar de nuestros alumnos depende de nuestra buena voluntad para hacerlo así. Si deseamos maximizar el logro de los educandos, debemos poner una mayor atención a la mejora de la evaluación de aula (Stiggins, 2002).


Autor
Tiburcio Moreno Olivos
Doctor en Pedagogía por la Universidad de Murcia (España). Profesor Investigador de Tiempo Completo Titular C. Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Académica de Ciencias de la Educación. Coordinador de la línea de investigación: Currículum, Innovación Pedagógica y Formación. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1 y del COMIE. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran el libro. «La Evaluación de los Alumnos en la Universidad: Un estudio etnográfico». (2010).Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.
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